Wente Winkul Mapu

Por: Luciano González Torres

Más de 200 años de historia carga a cuestas “Lof Chequenco”, un bastión de resistencia a la colonización, donde los Mapuches que hoy tienen como hogar estas tierras tratan de mantener vivo el legado de sus ancestros.

Palín el juego tradicional Mapuche. Foto: Luciano González

Las 6:30 de la mañana es la hora de partida desde Collipulli en la Novena Región de Chile, conocida como La Araucanía, en la comuna de Ercilla, provincia de Malleco. El bus que se acerca a la comunidad recoge sus últimos pasajeros, pero yo espero a Luis Melinao, hermano de Daniel Melinao, “Werken” o cabeza de la comunidad. 5 minutos después de que el colectivo cierre sus puertas, Luis se asoma por la esquina desde la Plaza de Armas para llevarme con él a la comunidad.

Son las 7 de la mañana de un sábado, pero la comunidad asentada en lo profundo de los cerros, entre bosques nativos y artificiales, rebosa de vida y movimiento. Mujeres ordeñando vacas y cabras. Niños aprendiendo a arrear ganado, amarrando arados y carretas. Ancianos dando sus últimos sorbos a los mates para comenzar la recolección de leña del día. Claro que cada jornada depende de como nos enfrente el frío, que en esta época de abril recién comienza.

Los temores me tenían de las manos, es que me adentraba en la ‘zona roja’ del conflicto mapuche, las tierras mismas de los “terroristas”; miedo era lo menos que podía sentir”

Debo confesar que llevaba conmigo mis prejuicios. Si bien ya había tenido encuentros previos con esta y otras comunidades, en una marcha de 30 kilómetros hasta Angol, el contexto era distinto. Los temores me tenían de las manos. Es que me adentraba en la ‘zona roja’ del conflicto mapuche, las tierras mismas de los “terroristas”. Miedo era lo menos que podía sentir. Sin embargo, este se disipó rápidamente al encontrarme con los rostros cansados de luchar contra los estigmas de una sociedad indolente, con las manos forjadas por la guerra contra los suelos áridos como resultado de las explotación de las madereras. Sus armas para esta lucha no son más que los rastrillos con los que trabajan día a día para conseguir el sustento.

Foto: Luciano Gonzalez

Mientras que para el “wingka” -no Mapuche- la tierra es una teta a la que hay que ordeñar para tomar el máximo provecho, para los mapuches es un cuerpo vivo que presta sus frutos para la supervivencia de todo aquello que la habita, por lo que es fundamental retribuirle los cuidados.

Los Mapuches forjan su identidad en la desposesión de los territorios que les han sido quitados progresivamente y a donde anhelan regresar, no porque a ellos les pertenezcan, sino porque ellos le pertenecen. Este anhelo no lo comparten los conglomerados forestales, quienes regaron de pinos y eucaliptus cual ejército cada metro cuadrado de tierra aledaña, bajo la complicidad de tratados y acuerdos secretos, firmados por personas que en sus vidas nunca han pisado estas tierras pero conocen el fruto que pueden dar, así como que al mapuche no le interesa el dinero.

El cultivo de tierra es el principal recurso alimenticio, se compone de papas, maiz y trigo principalmente, con el cualeste ultimo hacen harina para el pan, la torta frita y harina tostada. foto: Luciano Gonalez

Estas plantaciones arboláceas no son ingenuas, y su objetivo dista de ser el de abastecer la forestación. La industrialización con miras a obtener cuantiosas ganancias trajo consigo las fábricas de celulosa, con consecuencias fatales.

Se trata de árboles de raleo, los cuales consumen entre 150 y 200 litros de agua diario para subsistir y crecer, dando como resultado, además, la desviación de los cursos del agua que abastecen a las comunidades, sin contar con el envenenamiento de las napas subterráneas que produce tierras envenenadas e improductivas, así como cultivos y animales muertos.

Las plantaciones de árboles de raleo les roban el agua que necesitan para subsistir, envenenan las napas subterráneas y multiplican la mortandad de animales y cultivos”

Este sábado parece ser agotador. Temprano aún en la mañana, los comuneros se alistan para dirigirse al sector conocido como “Chiwaigue”, donde reconstruirán las “Rucas” -casas- destruidas por la policía militarizada hace unos meses, cuando el fundo estaba iniciando su recuperación.

Palin. Foto: Luciano Gonzalez

Lidian con este conflicto de tanto en tanto, cuando las leyes y los acuerdos con el Estado parecen pasar al olvido por un rato y entonces, a la fuerza, el poder vuelve a intentar desalojarlos, incumpliendo con la ley 26.160 Argentina y la ley 19.253 en Chile cuyos objetivos son proteger los territorios y la autodeterminación socio cultural de los mismos.

Aquí porque son de allá, allí porque son de acá. Ellos, quienes se rigen bajo normas institucionales de cada territorio habitado, no creen en más nacionalidad que la de su herencia ancestral. No son chilenos o argentinos dependiendo del lado de la cordillera en que se encuentran. Ellos aquí o allá, seguirán siendo mapuches. Estuvieron aquí y allá mucho antes que las líneas en el mapa que nos definen. Los mapas mienten, y las líneas trazadas roban espacios y posibilidades, así como el sistema económico roba las riquezas de los territorios y sus gentes.

La historia condiciona nuestras memorias con relatos legitimados desde el poder, y la cultura marketinizada les roba la capacidad de expresarse libremente. Más aún, de pensarse libremente. Son barreras socio-culturales que imponen límites ficticios. Mientras miles se quejan del extranjero que “vino a robarles los trabajos y los recursos estatales”, desprecian a los pueblos originarios y niegan sus raíces migratorias.

Mientras la gente no los quiere en sus sociedades civilizadas, ellos abren sus puertas para todo aquel que busque escapar de la vorágine de la estigmatización. Para todos quienes desconocen las fronteras o fueron olvidados por quienes debían asegurar para ellos un futuro mejor. Las grandes empresas que llegan a la zona quieren sus recursos y su trabajo pero no a su gente. Depredan su suelo y dejan las sobras de la tierra estéril.

Restos de construcciones mapuches y bosque nativo arrasados por incendios que suelen afectar a los bosques artificiales foto: Luciano Gonzalez

Al irse, queda un rastro de muerte y hambre, de pena e impotencia al ver como el bosque nativo que los alimentaba de piñones, copihues, castañas y frutas, hoy no son más que coníferas perennes y troncos aserrados. Pero esto no es lo más grave. La propia identidad de estas comunidades está en riesgo permanente de desaparecer bajo el avance cosmopolita y la tecnología.

El internet abre las puertas y envuelve a jóvenes comuneros que buscan nuevas alternativas tanto de educación como de esparcimiento, comenzando movimientos migratorios hacia las urbes, dejando atrás de a poco la cosmología ancestral ya perturbada al filo de la espada y la biblia hace unos años. A su Rehue le imponen forma de mujer virgen de un continente del que sólo escucharon hablar.

Niña Mapuche Foto: Luciano Gonzalez

La influencia del estado va poco a poco desplazando y mellando la historia mapuche. En las escuelas tradicionales sus caciques y werquenes, son reemplazados por héroes “libertadores”. Sus ritos y “machis” sanadoras son confinados a sus rucas ya que tanto el sistema escolar, como el de salud, imponen las costosas medicinas y vacunas industriales como una obligatoriedad.

Atrás quedan las aguas calientes de especias, el santiguado para quitar “la ojeadura”, el quebrar el empacho, las compresas y el machitún, y se abre paso firmemente cada laboratorio que parafrasea que si es de su marca “es bueno”, olvidando por completo que los mapuches y el dinero no se conjugan en una oración, ya que el sentido de propiedad no existe.

Esto se demuestra en el nombre que reciben los grupos de comuneros. “Lof” (comunidad). Fue así como fueron grandes. Fue así como dieron lucha. Es así como sobreviven.

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