Walter Lezcano: “La felicidad es lo menos capitalista que existe”

Por Pablo Kulcar

Nos encontramos en un bar frente a la facultad de Ciencias Sociales, de alguna forma sincerizando lo que sería una charla temática y acorde al lugar. Fue fácil reconocerlo, más que nada por su pelo, abultado, con algunas incipientes canas y una latita de algo en la mano. No recuerdo presentación alguna, sólo como si estuviéramos en un set o estudio de radio y la luz roja dijera: “Aire”. Sentí una comodidad que me habilitó a ser directo y transparente.

Vino con su madre a los 2 años de Goya, Corrientes, no conoció a su padre, ni siente ningún vacío que le impulse a buscarlo. Vivió en pensiones de la Zona oeste. El mito materno dice que aprendió a leer a los 4 años. Él no sabe si para tenerlo ocupado, o por alguna otra misteriosa razón que no conoce, aunque sospecha una cuestión de subsistencia materna. Convivió con una serie de padrastros con los que jamás genero empatía. Las relaciones pasaban por la violencia y por exigencias normativas que no estuvo dispuesto a conceder.

Finalmente, a los 17 años se fue de su casa para comenzar lo que hasta hoy lo persigue, alquilar un lugar donde vivir. Hizo el secundario en un colegio industrial de Solano y básicamente lo detestó. Una escuela técnica estaba lejos de lo que este lector prematuro sentía que debía ser su camino. La lectura fue siempre su refugio. Fue ese lugar luminoso que de forma intermitente acompañaba sus días en los diferentes barrios. Entre los diferentes amigos, haciendo equilibrio entre una realidad marginal, violenta, delictiva y su deseo y placer por los libros. Es fiel reflejo de ese caos al que llaman connurbano, y es allí donde gestará su épica tarea educativa. En los colegios secundarios que conoce hasta cómo respiran.

Walter Lezcano, escritor y periodista, sacó a la luz una investigación sobre el arte, en música y letras de Andrés Calamaro hasta la formación del disco El Salmón (2001).
Walter Lezcano, escritor y periodista, sacó a la luz una investigación sobre el arte, en música y letras de Andrés Calamaro hasta la formación del disco El Salmón (2001).

Docente, periodista, se reconoce como un habitante del fondo de la olla. Repite una y otra vez las palabras placer y deseo. Está seguro de que la literatura puede ser un camino a cosas concretas, que te puede ayudar a generar ideas. Hacer de tu esencia algo distinto a lo que ese contorno social parece intentar moldearte. Es analítico. De respuesta rápida. Y su voz tiene una cadencia a (Andrés) Calamaro casi simbiótica.

Es de sonrisa fácil, casi que esa es la expresión natural con la que te va a mirar. Contesta muy relajado, bebe la cerveza que se pidió, escucha lo que uno le dice, se ríe y pareciera que lo disfruta. Walter Lezcano está atado a ese fondo de la olla de la que hace tiempo se despegó y está a varios metros de distancia.

Días distintos (Gourmet Musical Ediciones)

Son los años peligrosos de Calamaro, de “autodestrucción”. Relacionado con lo corporal, con romper los límites de la canción pop-rock, en un país que también estaba en destrucción, ahí por 2000, 2001. Calamaro hablaba de ese país que se estaba rompiendo. Mientras él había logrado un éxito tremendo con “Alta suciedad”, llegó a hacer “El Salmón” en la pieza de un hotel.

Ese proceso de precarización y despojamiento lo estaba viviendo el público. El collage de Andrés es un cuadro sociológico donde el tema de las drogas aparece. Calamaro es hijo de los ’70 y un músico de rock que rompe con un estereotipo para ir en contra del estatuto del rock, se hace referente de lo que estaba pasando en el país. “El Salmón”, habla del paco, de Yabrán, de “una montaña de horror”. Y era la punta del iceberg.

En ese proceso de desborde, inconsciencia, violencia y autodestrucción, Calamaro encontró una obra de arte. Él mismo se construye como artista objeto y arrastra su mirada por esos caminos de excesos.

Andrés Calamaro en acción.
Andrés Calamaro en acción.

Un libro de estas características se empieza por amor, y termina siendo como una obsesión. En principio, Calamaro es mucho más que un letrista. Tiene un oído increíble. Después, el conocimiento que tiene de otras artes por fuera de la música; la psicología, las artes plásticas, la pintura, todo se revoluciona como un torbellino, como un huracán, donde esa capacidad viaja sobre drogas con intención de explotar creativamente. Todo eso lo fue poniendo a Calamaro en otro lugar. El libro es acercarse a la hoguera creativa y sentir ese fuego en palabras, a través de lo maravilloso que es la pasión por la lectura.

Yo siempre sentí que el 2001 fue un quiebre muy fuerte para nuestra generación. Una mirada ideológica de lo que éramos como país, dónde vivíamos. Yo tenía 21 años y preguntaba qué manifestaciones podían poner relevancia a estas cuestiones. Para mí, la música fue vital para entender la realidad cotidiana, al igual que el cine, o la pintura. Calamaro había hecho algo único. Ni Fito (Páez) o Charly (García) lo habían podido generar, y es una conexión con su pueblo. Exponiendo todas las carencias que estaba sufriendo. Cuando se me ocurrió la idea, vi que no había nada escrito. Me sorprendí, porque yo veía obvia esa relación entre las palabras de Andrés con lo que le rodeaba. Allí comencé a pensar la idea del libro.

Mas allá de mi admiración por Andrés como artista público, sentía que no se lo consideraba como tal, que ese perfil border era tan genuino desde su ideología, su estética, y esa era la clave. Sentí que se lo debía tratar como un objeto cultural a la altura de cualquier otro. Por eso pensé un libro que marcase esos puentes entre su obra y su pueblo. La historia que lo contenía, que lo rodeaba. Y esa era la nuestra. Todo el mundo Calamaro se condice con lo que vivíamos. Ni siquiera sabíamos qué estábamos esperando el 2001. Todo mezclado en un soundstrack increíble y artístico, como una pintura o una canción de rock.

Estoy interesado en la violencia literaria y quiero que la lean. Que por lo menos por un rato se corran del lugar donde están. Lo que dure el relato, el poema o la canción. Mi meta es moverlos de su lugar de pertenencia, correrlos de su zona de confort, y para eso es imprescindible un hecho violento. Andrés es un artista que constantemente te cambia de lugar, pasa por todos los estilos, pero su relato sigue la línea que los acontecimientos sociales le dan.

Soy un negro cabeza y nunca me posiciono en otro lugar que no sea ese. Lo que genero no lo puedo controlar. Trato de ser lo menos profesional posible, intento casi inocentemente ser un amateur que te caga a piñas. Sólo me construyo desde mi deseo y placer. Desde allí escribo para ejercer mi capricho a ser feliz. La felicidad es lo menos capitalista que existe. Por eso, para mí, cuanto menos profesional, menos capitalista, sólo voy a tratar de multiplicar el placer de la lectura. Y como Calamaro, no quiero, ni puedo rendirme.

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