Vivir en estado de poesía

Por Mirtha Caré ([email protected]

Edición: Florencia Romeo ([email protected])

El escritor argentino Marcelo Filzmoser, nacido en Buenos Aires en 1977, tiene más de treinta cuentos publicados en el Periódico Irreverentes de España. Fue columnista de Qu, revista impresa de literatura y artes visuales. En el año 2020 publicó Carcaj, libro de poemas.

Realizó talleres y clínicas literarias con escritores y escritoras de renombre como Carlos Bernatek, Pedro Mairal, Selva Almada, Julián López y Alejandro Crotto. Sus textos han sido seleccionados, premiados y editados en diversos certámenes, dentro de los cuales cabe mencionar Leopoldo Marechal (2008), el Premio Itaú (2012), o el Audiocuentos (Una Brecha, 2018).

Marcelo Filzmoser, autor de Veinte pitadas, libro de cuentos de la editorial Esa luna tiene agua.

En 2022, la editorial Esa luna tiene agua publicó Veinte pitadas, su primer libro de cuentos y, mientras trabaja en su segunda novela, charla con El Café Diario.

¿De dónde viene su relación con la escritura?

No lo sé. Tengo sospechas, por supuesto, pero ninguna certeza. Me da la sensación de que estamos constituidos más que nada por sospechas y que, algunas de ellas, se van descartando a lo largo de la vida. Popper y su método, una vez más. Al cabo de unas cuantas décadas seremos las sospechas que sobrevivieron a nuestros intentos de refutarlas.

¿Qué sospecha, entonces?

Sospecho, entonces, que tiene que ver con un abuelo que leía mucho, que escribió diarios personales a lo largo de diez o doce años de su vida. Una persona que no conocí. Esa sospecha apareció una noche, hace más de veinte años, cuando me juntaba en el San José de Flores a charlar con un amigo. Contaba de los diarios de mi abuelo, los acababa de encontrar, y él me hizo notar que era la primera vez que me escuchaba hablar sobre alguien en mi familia que hubiese escrito algo. Podría venir por ahí.

Qué notable…

La verdad es que en mi casa no se leía, no tuve parientes cercanos relacionados con ninguna práctica artística. Fui a una escuela más, una del montón a las que van las clases medias. Tuve la suerte de cruzarme con personas, muy pocas, pero muy importantes para mí, que me recomendaron leer uno que otro libro. Eso es todo.

Y así llegó a la lectura.

A partir de los dieciséis o diecisiete años empecé a sentir como una especie de sed, algo intenso que sólo se calma en parte cuando leo y en menor medida cuando escribo. Puede que sea una sed heredada. Un resto atávico de los caídos en el desierto. Podría venir por ahí si es que las cosas vienen de algún lado.

Portada de Veinte pitadas.

Se formó en diversos talleres, ¿qué puede contar de esas experiencias?

Puedo contar que fueron, cada uno a su manera, parte de mi vida. Entre los oficios que me definen y que llevo adelante todos los días, está el de ser escritor. En esos lugares, como vos decís, me formé. He conocido decenas de personas, cada una de ellas con sus historias, sus modos de ver el mundo y de contarlo. Pude estar cerca de gente que admiro y recibir sus consejos. Todos los oficios se aprenden. Todos tienen sus secretos.

¿Para qué sirven los talleres?

Los talleres son un lugar para dar, pero más que nada para recibir. Hay que saber escuchar, sacarse de encima prejuicios románticos que demoran el aprendizaje y entorpecen los textos. Para que un taller nos sirva tenemos que corrernos un poco del centro, entender que se trata de trabajar, de tirar, de no enamorarse de lo que uno escribe. No hay verdades absolutas ni mandamientos. Hay voces, hay ritmo, está la alquimia maravillosa de las palabras y tantas formas de contar una historia como personas.

Claro…

No recuerdo donde leí una frase antigua, escrita originalmente en latín, que dice nadie se lee a sí mismo. Estoy de acuerdo. Al menos en mi caso es así. Por eso la importancia de los talleres. Ahí es donde podemos acercarnos un poco a los reflejos, al boceto de lo que estamos haciendo.

Acerca de la tarea de escribir

Se dice que el género más difícil es el cuento.

Para mí escribir es difícil, más allá de cada género. Nunca me salió nada de manera fácil. Escribí poemas, cuentos y novelas. No podría decir que un género me resultó más fácil que otro. A cada texto le dediqué muchísimas horas de vida.

¿Cómo surgen las ideas que llevan al texto?

Puede que las ideas aparezcan en un instante, como una revelación o algo así, cuando estás trabajando un libro de poemas. También me ha pasado eso con los cuentos. Con las novelas es distinto. A lo largo de las páginas, la idea original puede correrse a un lado, cambiar e incluso desaparecer.

¿A qué se debe eso?

Creo que eso tiene más que ver con la duración del proceso y la posibilidad que uno le da al material de expresar ideas o sensaciones que habíamos pasado por alto. Si uno está atento, puede encontrar tesoros sutiles, escondidos debajo de los planes que nos llevaron a empezar esa novela.

Lo que sí me resulta indispensable para cada género es vivir en la frecuencia precisa. Néstor Sánchez hablaba de vivir en estado de poesía. A mí me funciona eso. Tengo que lograr transitar mi cotidianidad dentro del estado que el género que estoy escribiendo me demanda.

¿Qué le resulta más cómodo escribir?

Ahora estoy escribiendo una novela. Hace ya un par de años y me gusta estar ahí. La comodidad es una idea con la que no estoy tan de acuerdo. Aprendí a llevarme mejor con la incomodidad, creo que es importante estar incómodo a la hora de escribir. Dejemos la idea del confort para los ingleses, que la inventaron. Escribo lo que necesito escribir en cada etapa y me valgo de los géneros según resulte más conveniente al proyecto. No tengo presiones ni urgencias. Eso me ayuda a elegir.

Poesía y más poesía

Varios de sus poemas tienen rima y métrica. ¿Cómo logra mantener una estructura tan formal y que el poema suene desestructurado? ¿Tiene que ver con el lenguaje, con los temas?

Tiene que ver con la literatura. Los condicionantes, sobre todo en poesía, son una fuente de crecimiento. Después te ayudan al momento de escribir prosa. Llevar una idea o una sensación que tuve esta mañana a través de un camino construido hace cientos o miles de años, como puede ser la rima o la métrica, es un desafío hermoso.

¿Qué valor les da a las formas, es decir, la rima o la métrica?

Los textos se enriquecen con las diferentes formas y sonidos. Cobran una dimensión que enseguida nos deja atrás. Como pasa con la música, uno descubre un universo prehumano, se revela un orden que roza lo divino. 

¿Nos comparte un poema?

amarillo

(en décima espinela)

filamento en el poniente

tan Van Gogh este color

de cirrosis, de dolor

de Kill Bill y de reviente

qué tristeza da perderte

en otoño sin rutina

madrugadas, nicotina

con arena en la bikini

la pollera siempre mini

me quedaste en la retina.

Lo último

En su libro de cuentos Veinte pitadas (Esa luna tiene agua, 2022), los personajes principales son hombres frustrados, vencidos, melancólicos. ¿Por qué?

Porque cada vez más este mundo digital, lleno de filtros y de poses, quiere tapar a esas personas debajo de la alfombra. Mi cuadra está llena de esa gente. También la otra manzana, cruzando General Paz y bordeando Camino de Cintura. Sin embargo, no hay rastros de ellas en ningún lado.

¿No se las ve a esas personas?

No aparecen en las propagandas políticas ni en las publicidades comerciales, eso es algo a lo que estamos acostumbrados desde el siglo pasado. Lo nuevo es que nadie es un pobre tipo en las redes sociales, nadie pierde ni la pasa mal. Es como si se le hubiera inoculado un chip de publicista a cada individuo para vender su vida cotidiana a las grandes plataformas de streaming.

¿Qué ve en eso?

A mí esos personajes me resultan interesantes. Sus vidas duras, por momentos tristes, sus equivocaciones, sus miedos, sus ilusiones truncadas. Son las mujeres y los hombres de verdad. La mayor parte del tiempo, la gran mayoría de las personas que poblamos este planeta, tenemos vidas sencillas, de esas donde pocas cosas te salen bien. Esas vidas forman el universo de Veinte pitadas, pero también están en las demás cosas que escribo.

Son esas cosas que no se ven.

Me gusta mostrar lo que no sale en la foto. No de manera acusatoria ni con ínfulas morales. Esta es una época como todas, podemos sentarnos a charlar los pros y los contras, no está en mis planes andar por ahí diciendo esto está bien o mal. Elijo contar esas historias mínimas, porque encuentro en los hechos sutiles de cada día una fuerza determinante. Creo que en esos lugares está la explicación de cosas mucho más visibles y ruidosas.

En relación a sus lecturas, ¿qué autores o estilos prefiere?

Antonio Di Benedetto, Miguel Briante, Haroldo Conti, Sara Gallardo, Selva Almada, Estela Figueroa, Néstor Sánchez, Reinaldo Arenas, Juan Carlos Onetti, Julián López. Estos nombres me vienen primero a la memoria y los pongo porque respeto esa velocidad de los recuerdos. Debería seguir con Faulkner, Kafka, Cortázar y todos los grandes escritores que me marcaron.

Muy variada la selección.

Hay tantos escritores buenos que, por muchos que pongas en una lista, siempre te van a quedar más del lado de los que no pusiste. Desde hace poco más de un año no paro de leer a Pascal Quignard. Me fascina su manera de pensar y la forma en que logra escribir sobre eso. También están Anne Dufourmantelle, Hemingway y Chejov, pero basta.

Publicó Carcaj (libro de poesía) de forma independiente, luego vino la edición Veinte pitadas a través de la editorial Esa luna tiene agua. ¿Cómo fueron esas experiencias?

Carcaj salió en medio de la pandemia. Había sido pensado como un regalo para amigos y conocidos a ser entregado en una serie de fiestas y eventos que por supuesto no pudieron ser. Cuando volvió la vida social sentí que había pasado el momento y los libros quedaron en casa, en sus respectivas cajas.

¿Y el otro?

Veinte Pitadas, en cambio, fue una propuesta editorial. Tuvo el privilegio de ser planeado, editado y diseñado con un profesionalismo que yo no conocía. Fueron días hermosos que reivindicaron la experiencia anterior. Tanto fue así que al momento de presentar Veinte Pitadas decidí que esa podía ser la fiesta y los eventos que no habían sido. Recién ahí me atreví a regalar Carcaj como había planeado originalmente.

Y para cerrar, una clásica: ¿para qué escribe?

Para que me quieran.