Víctor Penchaszadeh: «La ciencia puede y debe estar al servicio de las grandes causas»

Por Inés Tiphaine (chinisst@gmail.com)

Edición: Florencia Romeo (florenciaromeo06@gmail.com)

El genetista Víctor Penchaszadeh es integrante del equipo de científicos que creó el denominado «índice de abuelidad», clave para identificar a hijos e hijas de personas desaparecidas durante la última dictadura cívico militar, porque siempre se trabajaba la relación padres e hijos y no el vínculo con los abuelos, clave para la restitución de los nietos.

En diálogo con El Café Diario, el profesional reconoció el compromiso que implica ese trabajo: «La ciencia y la tecnología no son neutrales, el Estado que impulsamos no es neutral. La tecnología no es mala ni buena, sino que importa quién la aplica, quién la desarrolla y quién la controla«.

¿Cómo ayudó la genética en la búsqueda y recuperación de los nietos desaparecidos?

El aporte de la genética fue fundamental para la búsqueda y recuperación de los nietos desaparecidos. Sin análisis genético no se podría haber identificado a ninguno de los nietos desaparecidos. El vínculo con Abuelas se generó durante una visita de Estela de Carlotto y Chicha Mariani en 1982 en Nueva York, porque yo estaba exiliado en Estados Unidos, viviendo y trabajando ahí. Nos reunimos, ellas venían con demandas muy claras de cómo se iba a poder identificar a los nietos cuando se recuperase la democracia.

A las Abuelas este índice de paternidad no les alcanzaba, porque los padres estaban desaparecidos. ¿Cómo surgió el decisivo «índice de abuelidad» del que participó como uno de los principales promotores?

Hasta ese momento nadie había examinado las relaciones de parentesco sin los padres. Entonces me consultaron sobre la posibilidad de identificar a los nietos a partir de la información genética provista por los abuelos. Nosotros sabíamos que todos los nietos tienen caracteres genéticos de los abuelos que les fueron transmitidos a través de los padres. El problema era que, a diferencia de lo que ocurría con el índice de paternidad, el azar tenía una cuota mayor de participación. Básicamente teníamos que comparar los caracteres con cuatro personas en lugar de dos. A partir de ahí surgió toda una investigación con un grupo de gente, porque la ciencia no es unipersonal.

¿Cómo se formó ese grupo de investigación?

Fue un colectivo que dirigió María Clarke King, en la Universidad Berkeley en Estados Unidos en aquel entonces. Éramos genetistas, pero especializados en los casos de cálculos de probabilidades.

¿Por qué se hizo esa elección?

Lo que se llama «genética poblacional» y «genética probabilística» se adaptó a la fórmula de paternidad, pero teniendo en cuenta que la generación de los padres de esos niños estaba desaparecida y no se podían analizar, porque la transmisión de los rasgos genéticos por las leyes de Mendel dice que toda persona tiene en su genoma los genes de sus ancestros, es decir, de sus padres, pero también de sus abuelos. Esto llevó bastante tiempo, pero finalmente se llegó a una fórmula que funcionaba y que María Clarke King trajo en 1984 a Argentina a pedido de la CONADEP.

¿Cuál es su mirada respecto al conocimiento puesto al servicio de las demandas sociales?

El trabajo que realizan Abuelas de Plaza de Mayo demuestra que la ciencia puede y debe estar al servicio de las grandes causas, en las que están en juego valores humanos fundamentales, como la dignidad y los derechos de las personas y las poblaciones.

Víctor Penchaszadeh participó recientemente de una charla en el INTI sobre «El aporte de la genética a los derechos humanos«.

Ciencia al día

Se ha instalado la idea de que el ADN es infalible. ¿Es así?

El ADN no es infalible, no hay ninguna prueba de laboratorio que sea infalible, porque siempre hay una probabilidad de falla, ya sea por error humano o técnico. Por eso, los índices, tanto de paternidad como de abuelidad, lo que brindan es una probabilidad de inclusión. Es decir, la probabilidad de que equis persona tenga ese parentesco de abuela-nieta/o y que no sea al azar. Eso es una probabilidad que se obtiene, pero nunca es del 100%, siempre es arriba del 99,9%.

¿Cómo fue su regreso a Argentina?

Ya llevo quince años en el país, estuve treinta años afuera. Me he dedicado principalmente a las cuestiones éticas de la genética y de la tecnología, la bioética, en lo relativo a no vulnerar los derechos humanos cuando se hacen los análisis.

¿Cómo ve el escenario de la ciencia en Argentina?

Los nuevos desafíos de la genética, especialmente en el ser humano, son abordar la complejidad de la estructura y la función del genoma en su interacción con el medio ambiente, y estudiar más el fenómeno de la epigenética, es decir, la manera en que el ambiente actúa para regular la actividad de los genes. Es necesario aceptar que los genes no actúan aislados del medio ambiente.

Respecto a la bioética, ¿cómo ve el panorama actual?

La genética tiene una serie de aristas éticas que tienen que estar de acuerdo y favorecer los derechos humanos, el derecho a la identidad, a la salud, a no ser estigmatizado por características genéticas. La ciencia y la tecnología son fundamentales en las actividades humanas, pero hay que tener cuidado cómo se usan y quién se beneficia, si es para vulnerar derechos humanos o para propiciarlos.