Juana Azurduy y Cristóbal Colón, una grieta de dos caras

Por Pablo Kulcar

Los monumentos históricos son íconos mudos de nuestra historia. También de una grieta que deja ganadores y perdedores. Tamaño y lugar es sólo una muestra de la valoración que los gobiernos le dan a cada uno. Una calle para Alberdi, miles de avenidas para el General Roca son apenas una muestra.

La disposición sobre ellos fue objeto de disputa hace un tiempo de lo que es un espacio sagrado como el de la Revolución de Mayo. Cristóbal Colón, detrás de la casa de gobierno, rodeado de marcas de La Revolución, y Juana Azurduy, invisibilizada, transformada en extranjera cuando su fuerza fue la de una verdadera luchadora. Dónde debe estar cada monumento, es el mapeo de una grieta eterna.

¿Quién fue Juana Azurduy?

Juana Azurduy, llamada también Flor del Alto Perú.

La llamaron Flor del Alto Perú por esas flores que resisten tempestades y cautivan el lugar con su aroma. Fue silenciada durante años en el relato oficial sarmientista. Al igual que la de miles de mujeres, su lucha fue fundamental, codo a codo con los hombres, en las batallas por la independencia. Estas mujeres no solamente eran excelentes guerreras que comandaban tropas en la vanguardia, sino que eran astutas espías, como Juana en la retaguardia.

Juana Azurduy nació en Chuquisaca (actual Bolivia), el 8 de marzo de 1781, durante la rebelión del cacique Túpac Amaru. Se casó con el comandante patriota Manuel Asencio Padilla y fue su brazo derecho en todas las campañas. Fue una especial y estrecha colaboradora de Martín Miguel de Güemes y por su coraje, fue investida con el grado de Teniente Coronel con uso oficial del uniforme. El decreto fue firmado por el director supremo Juan Martín de Pueyrredón y lo hizo efectivo el general Manuel Belgrano al entregarle el sable correspondiente en el año 1816.

Luchó contra el avance español en la zona comprendida entre el norte de Chuquisaca y las selvas de Santa Cruz de la Sierra, mientras que otras mujeres solo se reunían a coser banderas y alimentar soldados. Fue herida en la batalla de Villar, su marido corrió a su rescate y logró liberarla a costa de su propia vida. Juana enterró en el campo de batalla a su esposo y a sus cuatro hijos, ella sola.

A la muerte de su esposo, asumió la comandancia de las guerrillas que acosaban al ejército realista. Con el cambio de planes en la estrategia militar, se vio obligada a replegarse al sur y unirse a las tropas de Güemes.

Ya alejada de la lucha quedó en la pobreza. Allí fue visitada por Simón Bolívar en 1826 y ascendida al cargo de Coronel con goce de una pensión. Dejó de percibirla en 1830 por desarreglos internos de la política boliviana y quedó en la indigencia. Pasó sus últimos años en Salta, donde murió el 25 de Mayo de 1862 a los 82 años. Fue enterrada en una fosa común para ser exhumada 100 años después y depositada en un mausoleo que lleva su nombre en Sucre.

En la actualidad, una provincia boliviana tiene el nombre de Juana y su marido, y en 2009 el senado boliviano la ascendió de manera póstuma a mariscal de la República de Bolivia. Siempre supo cuál era su patria. Nunca su lucha fue por dinero o por riquezas. No había diferencias entre un soldado y ella. Hizo del coraje su moneda de cambio, y con ella obtuvo su lugar en la historia.

Monumento a Juana Azurduy

El autor del monumento a Juana Azurduy es el artista Andrés Zerneri, quien recientemente trabajó en la pátina de color ligeramente verde que tienen tantos otros monumentos de bronce, dando por terminada la obra en forma definitiva. Fue emplazada originalmente en el Parque Colón, detrás de la Casa Rosada, el 15 de julio de 2015. La obra fue luego trasladada frente al Centro Cultural Kirchner. Mide nueve metros y fue financiada por el Estado boliviano, que donó un millón de dólares. 

El monumento a Juana Azurduy en Buenos Aires.

¿Quién fue Cristóbal Colón?

Cristobal Colón, por Jose Maria Obregón, 1856.

Un aventurero al que hoy definirían como entrepreneur (emprendedor), que atravesó todo el océano sin la certeza de no caer en el abismo. En todos sus escritos da la impresión de que su principal móvil es el dinero. Su idea era ir a China por el camino occidental directo. Ya en América, buscó al Gran Kan, emperador de China.

Otro móvil fue la victoria universal del cristianismo. Se consideraba un elegido, encargado de una misión divina. Siempre disciplinó a su tropa con promesas de ganancias y riquezas. En su tercer viaje afirmó que el mundo era una pera y su parte superior, el paraíso terrenal. Apenas tomó contacto con la tierra, mediante una ceremonia declaró al lugar parte del Reino de España ante la mirada de sus habitantes. Cada vez que creía comprender una palabra de sus interlocutores, buscaba la palabra española que representara exactamente ese vocablo, como si el español fuera el estado natural de las cosas.

Cuando creyó encontrar al Gran Kan en un cacique indio, envió a un subalterno que hablaba hebreo, caldeo y árabe a entrevistarlo. Su incomprensión de los indios fue total. Los veía carentes de cultura, desnudos, sin costumbres, ritos o religión, y sin ley. Su actitud frente a esta cultura fue la de un coleccionista de curiosidades. Jamás intentó comprenderla. Admiraba la mansedumbre, la belleza física y la generosidad sin límite, pero en otro momento calificó a los indios de salvajes y llenos de crueldad.

Pasó de la consideración más humana, al autoritarismo más despótico. Se burló de los que no veían diferencia entre una moneda y un pedazo de vidrio. Quería que los indios fueran como él y los españoles. Su empatía se manifestaba sólo en el deseo de asimilarlos culturalmente. Sugirió que la evangelización, imprescindible, fuera mejor por la fe que por la fuerza. Sus religiosos intentaron que los indios adoraran las imágenes teológicas del cristianismo, pero una vez que las rechazaron arrojándolas al suelo o enterrándolas, los juzgaron en una parodia de tribunal y los castigaron quemándolos públicamente.

Decidió finalmente someterlos por la fuerza, pasando a una ideología esclavista. Todo el que no se aceptara ser cristiano, sería esclavo. En su pensamiento, la propagación de la fe y la esclavitud eran dos caras de la misma moneda. Jamás admitió al indio como un sujeto que sólo es diferente. Pasó de rotularlos como “un buen salvaje” a “un pobre perro”. Definitivamente, Colón descubrió América pero jamás lo hizo con los americanos. En todos sus escritos y relatos se nombra a sí mismo como el extranjero. Jamás logró que alguna patria sea la suya.

Monumento a Cristóbal Colón

Hasta junio de 2013 se localizaba en el Parque Colón, entre la Casa Rosada y la circular Avenida de la Rábida. Finalmente, fue removido y reconstituido luego de un largo proceso sobre la costa del Río de La Plata, a la altura del Aeroparque Jorge Newbery, en el espigón Puerto Argentino. Obra del escultor italiano Arnaldo Zocchi, la piedra fundamental se colocó el 24 de mayo de 1910 y fue inaugurado en 1921. Fue obsequio de la colectividad italiana en el centenario de la Revolución de Mayo. El peso total es de 623 toneladas de mármol de Carrara.

Monumento a Colón mientras estuvo detrás de la Casa Rosada.
Monumento a Colón mientras estuvo detrás de la Casa Rosada.

La opinión del especialista

Marcelo Valko es psicólogo y se dedica a la investigación antropológica con relación al genocidio indígena. Se especializa en etnoliteratura. Es investigador en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Realizó trabajos en el noroeste argentino, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y México. Publicó, entre otros, y el libro ‘Ciudades malditas-Ciudades olvidadas’, en el que desarrolla la geografía sagrada.

“Acá en la ciudad tenemos una geografía sagrada que se compone de determinados monumentos que la determinan. De un lado está el Cabildo, que es símbolo de la Revolución de Mayo. Luego, en la plaza, la muy modesta Pirámide de Mayo. Hacia la Casa de Gobierno está la estatua del General Belgrano, padre de la patria, a tamaño natural, no como la del General Roca, que allí nomas tiene como 10 metros de altura. La Casa Rosada es el centro del poder político y allí detrás estaba Colón. Si miramos esto como una geografía, ésta nos está hablando. Plaza de Mayo, Pirámide, Belgrano, y entonces allí, Colon es un intruso. En virtud de ese espacio sagrado, no tiene lugar”.

“A su vez llega Juana Azurduy, alto peruana, no boliviana. Esta mujer que Belgrano nombró Coronela, y que Bolívar pidió conocer, está inmortalizada en una estatua. Estos son mojones en el espacio físico de las ciudades. Por eso la Pirámide es modesta, porque la revolución era modesta. Los monumentos son marcas disciplinadoras de una élite que intenta mantener la dialéctica del amo y del esclavo. Por eso el monumento a Roca es enorme y lo miramos desde abajo, y la Pirámide es pequeña, austera, y la vemos de arriba. Que venga Azurduy es algo lógico, y que Colón esté en la costanera mirando el río es algo que no intenta romper nada, solo cuidar esa geografía sagrada”.

“Las estatuas no dejan de significar, ni de decir. La gente piensa que es algo menor porque les enseñaron por (la revista) ‘Billiken’, que Mayo era un balcón y gente con paraguas, o que la Independencia es la Casita de Tucumán. Nos enseñaban historia con figuritas. Pero la independencia se declaró en cuatro idiomas: castellano, quechua, aimara y guaraní, porque la idea era que la revolución llegara, pero no llegó. Después, ¿cómo es posible que Roca tenga más calles, monumentos, plazas y canteros que José de San Martín y Manuel Belgrano juntos? Será que repartió más tierras, será que el poder premia al poder”.

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