Sobrevivir en la calle, una realidad para miles de argentinos

Por la Lic. Georgina Marcela Parente
licparente@actualidadsocialenaccion.com

Amanece en el barrio Balvanera. Azucena, junto a su hermana, caminan con sus zapatillas gastadas hasta Corrientes y Callao, ya que, según ellas, allí tienen mejor “suerte”, palabra que repiten mucho al describir su historia.

La vorágine neoliberal y el consecuente aumento en las tasas de desempleo proveniente del cierre de industrias y comercios locales, por la derivación de fondos al mercado financiero y el esplendor de su virtualidad, no sólo aumentaron la brecha entre los sectores más acaudalados y los más vulnerados. También empujaron a miles como Azucena y su hermana a esta situación, vivir en la calle, más allá de todo su esfuerzo.

En la República Argentina, tras un aumento de la tasa de inflación de un 24,6% en 2017, en 2018 las estadísticas arrojaron un aumento del 48%, incrementando de este modo el valor real del costo de vida, y la canasta básica para no caer bajo la línea de pobreza, mientras que la línea para no caer en la indigencia sube un 4% según los números oficiales del INDEC (Instituto Nacional de Estadísticas y Censos).

En los últimos 3 años ha habido un aumento de 98% de personas en situación de indigencia, siendo el aumento del último año de un 33,6%.
Foto; Luciano González.

La Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA, dio a conocer que en los últimos 3 años ha habido un aumento de 98% de personas en situación de indigencia, siendo el aumento del último año de un 33,6% según el relevamiento realizado por la Universidad Católica Argentina. 

Otro estudio realizado por CAME (Confederación Argentina de la Mediana Empresa) declara más de 45.000 despidos del ámbito privado en los diferentes rubros registrados durante el último año; mientras que los encabezados de los periódicos oficialistas y opositores coinciden en un millar de empleados del ámbito público despedidos, según los cálculos realizados junto a dirigentes de los diferentes gremios.

En las estadísticas de abril de 2017 realizadas por la Defensoría del Pueblo de Ciudad Autónoma de Buenos Aires se habla de un aumento del 23% de personas en situación de calle. Un sondeo posterior da cuenta de una cuadruplicación de las cifras, aproximadamente unas 12.000 personas al mes de julio. Otras estadísticas llevadas adelante por organizaciones no gubernamentales y sin fines de lucro (ONGs) tales como Red Solidaria, Ni una persona más en la calle, Caminantes de Buenos Aires, Caminos Solidarios y Amigos en el camino, aseguran que ya en ese mes se superaban las 16.000 personas, tomando en cuenta la migración barrial e intervalos entre paradores y alquileres transitorios.

En 2018 no se volvieron a realizar estadísticas oficiales, pero las encuestas de organizaciones sociales hablan de más de un 30% de aumento de personas en situación de calle. En cuanto el 20% de la población de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, no logra acceder a la canasta básica que se encuentra actualmente en un valor de 25.000 pesos (INDEC).

Sin embargo, Azucena y su hermana, son sólo dos personas que no entienden de estadísticas. Sus vidas transcurren en las calles de la ciudad, como la de tantas otras personas en su situación. Viven en la inmediatez y en la imposibilidad de proyectar más allá de lo inmediato. Entre vínculos esporádicos y desterritorializados no pueden pensarse más allá del día a día, y en lugar de vivir, sobreviven.

No creen en los discursos “meritocráticos”, eso nunca les ha resultado. Expresan haber dado siempre lo mejor de sí, pero no creen que hayan sido recíprocas las circunstancias de la vida. El contexto constituye el clima y la oportunidad marca su hora; coincidir con la oportunidad trae el verdadero mérito cuando la desigualdad es la variable para la selección. Al llegar a destino se quitan sus calzados, ya que por cuestiones de ‘marketing’, esto las vuelve -paradójicamente más visibles en su invisibilidad; y se colocan sobre una frazada consecuentemente sucia.

¿Qué les preocupa? Que llueva y tener que correr al resguardo de alguna galería quedando a la buena voluntad de los empleados de seguridad, que por lo general nos maltratan”. “O -confiesan- tener ganas de ir al baño”. 

Saben que no tienen opciones. Los baños públicos también se reservan el derecho de admisión.

La búsqueda incesante de la sombra para protegerse del calor extremo. El clima, del tiempo y de época, es un enemigo doblemente peligroso. Foto: Luciano González.

Sus preocupaciones parecerían tan inmediatas como sus proyectos…

¿Qué sienten estando allí? “El frío es más frío, el calor es más caliente; el tiempo vuela, pero a veces parece que no se pasa más; se ve de todo, la gente es muy rara; y hay hambre…”.

El hambre es responsable de su silencio, penetrante cual herida en medio del pecho. Les llena los ojos de lagrimas, y obliga a cambiar bruscamente el tema de conversación.

El día transcurre ante las miradas esquivas de los comerciantes. Entonces un joven se acerca y extiende la mano con un billete… “Hoy tuvimos suerte”. Pero ellas le piden con un gesto entre feliz y avergonzado, que por favor les compre comida con ese dinero. “Con estas fachas no nos dejan entrar a la panadería”, argumentan.

El vendedor de la panadería ya ha tenido entredichos con ellas. Él considera que las cosas se ganan trabajando y no pidiendo en la calle. Por supuesto que, si de él dependiera, no emplearía personas “con este aspecto porque se nota que no tienen donde bañarse, siquiera un domicilio que figure en un currículum”.

Anochece en la ciudad y las calles céntricas se vacían al igual que sus oportunidades allí. Llegó la hora del retorno al hogar, una vereda en las fronteras de la estación del tren de Once; entonces se reencuentran con una superpoblación de vecinos, donde no dan abasto los colchones acartonados.

Azucena fue encargada de una casa de comidas durante muchos años hasta 2016, en que la misma cerró. Su hermana menor trabajó en diferentes locales de indumentaria y accesorios que fueron sufriendo la misma suerte. De allí en adelante no hubo con qué pagar el alquiler compartido del viejo PH en Pompeya. Pasaron a habitaciones de hoteles familiares hasta que ni para eso les alcanzó. Intentaron ingresar en los paradores de la Ciudad pero también cuentan con numerosos requisitos, aunque ellas expresan que “por suerte no tenemos hijos”, lo que les resultaría un problema en su situación.

Aún no se acostumbran a esta nueva vida. Sigue angustiándolas ver otras personas cargando a sus pequeños con miedo del mañana. Saben que para algunos de ellos, la escuela pública les brinda una contención y un alimento -aunque escaso-, por ello durante las vacaciones esperan con ansias el retorno al aula.

De tanto en tanto les toca una taza de sopa caliente que les acerca alguna organización social. Saben que el de al lado es un desconocido en quien no tendrían por qué confiar, hoy está y mañana quizás ya no, sin embargo lo tratan como un hermano y comparten con él -quien quiera que sea- la riqueza del pan.

Estas mujeres, que otrora supieron tener un techo al cual regresar luego de sus labores como empleadas en diferentes comercios, hoy esperan ser vistas por algún funcionario público. “Los que nos dicen que tenemos que esperar y que lo peor ya pasó, ¿qué saben ellos de ‘lo peor’?”. Apelan a la suerte, una vez más, para que se apiaden de quienes ya no tienen nada y les regalen una oportunidad. Sin embargo, no existen políticas públicas que les devuelvan el tiempo perdido, el tiempo sufrido.

Vivir en la indigencia, sobrevivir en las calles, se hace aún más cuesta arriba con la violencia creciente con que se desarrollan las tormentas a causa del cambio climático.
Foto: Luciano González.

El insomnio de sus preocupaciones poco a poco va dando lugar al cansancio, que termina venciendo para entrar por unas horas en un sueño profundo hasta que amanezca. Otro día comenzará para ellas y para el resto de las estadísticas, pero no parece cambiar en nada el correr de los días a no ser que, claro, el pronóstico de lluvia esta vez se concrete.

2 comentarios sobre “Sobrevivir en la calle, una realidad para miles de argentinos

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *