Sobre Messi, Papá Noel y la Navidad

Por Pablo Kulcar

A partir de los primeros días de diciembre, las vidrieras y los comercios en general comienzan su transformación pictórica en eso que la Iglesia Católica Apostólica Romana diseminó por todo el mundo como la Navidad.

De ninguna manera el festejo genera respuestas sesgadas o negativas. En la mayoría de los países occidentales se lo toma, y lo bien que se lo hace, como un festejo popular. Una fiesta popular es un reencuentro por algún  motivo o celebración, fuera este el que fuera, de todos los integrantes de una sociedad, sea esta un pequeño pueblo que festeja la Fiesta de la Uva o una ciudad, la del chocolate, pero la Navidad es una mega celebración mundial donde se conmemora el nacimiento de un mesías.

Esta vez, la sociedad argentina en su mayoría no dedicó mucho tiempo a las cartas navideñas, ni a decorar las casas con renos y Papás Noeles, ni los chicos estaban tan decididos a escribir las cartas para el abuelo volador. Lo que estaba ocurriendo en Oriente es que unos muchachos, bien argentos, jugaban apenas un torneo de fútbol y eso, señoras y señores, para la argentinidad lo es todo.

El campeonato mundial de fútbol es el único evento que moviliza nuestro concepto de nación tan profundamente que cualquier diferencia circunstancial entre nosotros se atenúa. Las cosas que nos separan se esconden agazapadas y hasta ellas mismas miran de reojo la televisión. En Doha nuestro San Nicolás, Papá Noel, o como se lo quiera llamar, estaba empecinado en hacernos sentir orgullosos, quería que sus propios hijos vieran la dimensión que como deportista tiene.

Él mismo puso a todo un equipo en la plenitud de sus capacidades competitivas. Nadie debía quedar detrás, se trataba de tener la intensidad necesaria y solo seguir el diseño que nuestro maestro exponía en el juego. Messi es la palabra que aparece este año en cada mesa, en cada saludo y festejo. No solo él derramó hasta lo último de su talento para que todo un equipo se contagie y juegue el mejor fútbol que hace tiempo una final nos pudiera regalar.

Ni las cábalas, ni los merecimientos, ni la suerte fueron protagonistas de esta epopeya histórica. Fueron ellos, los pases y corridas del capitán Lionel Messi, las impresionantes atajadas de ese arquero barrial que es Emiliano Dibu Martínez, la calidad de ese Flaco, que en esta final aunque le doliera algo iba a jugar y hacer un golazo, Ángel Di María; las arremetidas de Julián Álvarez para quedar en la historia exponiendo su jerarquía a toda sonrisa, la aparición de Enzo Fernández, el coraje de Nicolás Otamendi, la capacidad y el orden de Alexis Mac Allister, la puntería de Gonzalo Montiel, para quien, párrafo aparte, su espalda soportó las miradas y los latidos de los más de 50 millones en aquel último penal en la final contra Francia.

La misma definición de Lautaro Martínez: mientras el arquero contrario intentaba sacarlo de la situación, el pibe lo fulminó con los ojos y puso la pelota rebotando en cada garganta atragantada de angustia. Los gritos de un gol de Messi fueron ceremonias donde se exorcizaba cada frustración anterior. Esta vez las casas ya habían recibido su regalo navideño antes de Navidad. Y aquel que crea que se sobredimensiona un campeonato de fútbol, que se aparte y no lo disfrute, nosotros creemos que nos quedamos cortos, que cada jugador merece que le demos las gracias saltando como locos a su alrededor  y que este pibe, hablando a lo rosarino en el centro de la Europa erudita, es ni más ni menos que el corazón de una nación hecha hombre.

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