San Cayetano, una conducta más allá de creencias

Por Pablo Kulcar

Caetano di Thiene fue beatificado el 8 de octubre de 1629 por el Papa Urbano VIII y canonizado el 12 de abril de 1671 por el Papa Clemente X. Desde entonces, la Iglesia Católica lo reconoce como San Cayetano, el santo de la Providencia. Patrono del pan y del trabajo. Esta es la marca que detenta, no solo en nuestro país, sino en todo el mundo, y será reservorio de plegarias, pedidos, súplicas, ya sea ante las crisis que las motivan o en agradecimientos por los logros obtenidos.

En la República Argentina el 7 de agosto siempre fue un refugio en tiempos de políticas duras para que el pueblo mostrase su cara más lastimada. Para que al estilo y la forma cristiana expusiera su otra mejilla, la que pide y reclama. Un hecho religioso que está bien sustentado en la fe y que es mirado a veces como termómetro social, casi como una radiografía de la necesidad.

La historia relata diversos milagros que fueron afirmando la popularidad del Santo, desde la sanación de enfermos con gangrena hasta provocar lluvias durante una sequía. La idiosincrasia popular comenzó a aceptar a Cayetano como una especie de línea directa a la providencia en plena crisis económica de 1930, cuando el hambre y la falta de trabajo eran el germen exclusivo para la desesperación. La figura de un protector se combinó con la mejoría en las situaciones particulares de varias familias necesitadas, que confirmaban los dones del Santo. Los comentarios de la gente, trasmitidos de boca en boca, fueron aumentando la devoción, y la actitud de Cayetano nunca defraudó las expectativas de sus fieles.

Con el comienzo del nuevo siglo, poco después del descubrimiento de América, Cayetano cursa la carrera de abogado, es elegido por sus compañeros como delegado estudiantil y a su vez obtiene buenas calificaciones y un buen concepto entre sus profesores como estudiante. “Creo que valgo por lo que soy, y no por lo que los demás digan de mí”, resumía Cayetano en su manera de pensar, reafirmando su verdadera dedicación y auto convicción. Una persona que sabía perfectamente
para trascender las palabras se deben validar con los hechos.

La humildad caracterizó su vida, tanto es así que pese a haber sido nombrado por el Papa Julio II como Conde de Thiene, un importante puesto en la Cancillería de los Estados Pontificios no se da ninguna importancia, viste con sencillez, atiende a todo el mundo aunque sea fuera del horario de oficina, ya sean ricos o pobres. Tiempo más tarde, junto a un grupo de diplomáticos, logra evitar la guerra entre la República de Venecia y los Estados Pontificios, cuyos resultados podrían haber sido desastrosos, pero gracias al acuerdo, Cayetano gana un prestigio enorme, deja su labor dentro del campo de las leyes, y prioriza su mirada evangélica para transformar al hombre.

“Mis años de abogado me enseñaron que el pueblo necesita palpar a Dios a través de las obras de los cristianos, de su acción, de sus enseñanzas, de su entrega. Ahora voy a dar otro rumbo a mi vida, Seré sacerdote”.

El 30 de septiembre de 1516, a los 36 años, fue ordenado y comenzó su acción apostólica en Venecia.

Al incorporarse a la iglesia no pudo soslayar la terrible contradicción que esta perpetraba en su interior. Lujos que supuestamente eran un halago a Dios, no hacían otra cosa que marcar un mundo de miseria para la gente de los suburbios y una vida palaciega para una jerarquía clerical que le parecía ciega sorda y muda.

Imagen de San Cayetano en la Parroquia de Cañuelas.

Organizó, entonces, el primer Hospital de Enfermedades Infecciosas y cuando se acabó el dinero para pagarle el sueldo de los médicos y para alimentar a los enfermos ordenó la venta de su biblioteca, lo último que quedaba de sus bienes. “Jamás dejaré de entregar lo mío a los necesitados hasta que me vea en tal pobreza que no me quede ni siquiera un metro de tierra para mi tumba, ni tenga un centavo para mi entierro”.

Cayetano vivió en total austeridad y sus promulgaciones de pobreza enojaron a los clérigos, quienes deseaban continuar disfrutando de sus comodidades. Pero cientos de jóvenes pobres, que veían en él al reflejo mismo de lo que Jesús predicaba, le imitaron y le siguieron, conformándose así en testimonios reales de lo que era él como sacerdote.

A causa de una enfermedad, murió a los 67 años el 7 de agosto de 1547.

El sentimiento religioso acompaña al ser humano desde siempre, intentando explicar su realidad y cómo construir su trascendencia. Imaginando sortear la muerte desde su fe, hacia algo que continúe este ciclo. Los creyentes se imponen conductas marcadas por lo que se interpreta como bueno y malo.

Si existe algo trascendental que nos involucre, lo hará a su tiempo y en el espacio que corresponda. La actitud de aquellos que se dedican a los demás sin otra pretensión que ayudarlos, no por miedo a castigos o infiernos eternos, merece respeto. Más allá de las valoraciones subjetivas sobre el papel de las distintas iglesias, religiones y credos, hay hombres cuya vida dignifica nuestra raza. El colectivo social rescata desde el relato histórico, el mito popular y el recuerdo. A ciertos hombres, y sus nombres. Caetano di Thiene es uno de ellos.

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