Poesía, por Eduardo Magoo Nico 

Por Mirtha Caré (mirtha.care@elcafediario.com)

Edición: Florencia Romeo (florenciaromeo06@gmail.com)

Cuenta el autor

Hay cuatro libros en «Servidumbres» y en su progresión se imponen diferentes ámbitos. Muchas formas del agua en el primero, los seres marinos y mitológicos en el segundo y, en los dos últimos, el propio lenguaje. La tierra en que se piensa no deja de estar presente en «Servidumbres», tanto en los paisajes pampeanos y modulaciones criollas de la lengua, como en la fascinación por un mar que para los argentinos es precisamente un poema o un relato, a pesar de los miles de quilómetros de costa. Como en los libros anteriores, no faltan las focas, orcas, pulpos y sirenas. Muchas sirenas, porque las olas se sueñan desde la tierra y por sus aromas: Dos pálidas camelias o un rubicundo eucalipto / Son suficientes / Para verme lanzado, nuevamente / Sobre el delirio del mar

Fotografía: Alejandro Pi-hué.


Barquito de papel

La memoria juega con la luz

Va con el perro 

Vuelve con la pelota

Golpea en su frontón mi frente

Y rebota

Entonces el adormecido sueña

Hay un charco allí 

Que el agua

Con temblores de sequía 

Lentamente drena 

Hasta agotarse en un espejo

Que con el último reflejo

Se ha puesto a navegar

Sigamos soñando los setenta

Toda ella como un buque 

Bajo la transparente cúpula del firmamento 

En la pampa líquida del mar 

Que corre bajo la tierra 

Parece inmóvil 

Pero sin embargo lentamente avanza 

Se diría que es una mujer ya hecha 

(Es decir, deshecha) 


Sus senos 

Olorosa pulpa de mango y palta y pera 

Vuelven a la turgencia inicial 

Incluidos ya (a modo de paréntesis)

Entre sus brazos curvos 

En la glauca transparencia 

De sus ojos 

Algunos momentos memorables 

Pero nada más: 

Como una mariposa pinchada en un recuadro 

El albur hace bien las cosas 

(Sobre todo, cuando es otro el que las planifica)

Me pregunto quién será el genio de este lugar…

—Es ese lobo hambriento

Se pasea allá arriba, de galería en galería

Como un tren suizo por las laderas de la concupiscencia

—¡Mientras la gente aguante!

—¡Sigamos soñando los setenta!

Zamba

El patio era sobrio y los malvones mudos

Profundas arrugas en los árboles viejos

Un halo verdeante de luz 

El musgo

Cerdos salvajes, un pozo azul

Espacios en calma

Levantar un dedo

Sacudir la cabeza

Las palabras hicieron aquí la risa y el suspiro

(Una fuente profunda y tenebrosa)

Tocaron el velo que separa a los amantes…

Él regresó a la carcasa de su corazón extranjero

Ella se volvió altiva como el atrio y los geranios: 

Vagaba por el salón de los libros

—¡Ah, la variedad de las cosas de este mundo!

Racimos de abejas

Columnas de miel

Sintió temblar en los mosaicos 

Un pueblo invisible y discordante

Sutilmente carnoso en las miradas

Un torbellino de rebaños teñidos con la misma sangre

Ávido de emancipación…

Inútil tristeza

El lomo rayado de los puercos

El monte bajo

El umbroso santuario del Ombú

Y en el pozo cuadrado del cielo

Una hormigueante inmensidad 

El llanto

La mujer amada

Tendido en el ninfeo

Podría haber hallado su propio cadáver 

Sin embargo, puesto que conocía de verdad 

La tristeza 

Y el amor

La muerte siguió de largo

Alta y sombría casa

Fuente de mis sonrisas

Cielo turbio y verde

Senos metálicos

Cabellera africana

La niña mugrienta

Una vaga insinuación de brisa

Simula

Amaga

Hasta casi tocarme la cara

(Una vieja foto tajeada y enredada en un sauce)

Mojada por las brumas del riachuelo

Tenía que ser así y así ha sido

El gotear monótono de las páginas

Y de los días

El clarear

Una fecunda llovizna de oro

En el cumplimiento del amanecer

La lejana mancha negra y tuerta

(Casi un insecto)

Se acerca temerosa

Me escucha con ojos desconfiados y tenaces

Pide cuentos

Avergonzada y lastimosa prueba

Es su ausencia

La hermosura no es indispensable

El olvido

Me preparé largamente para la lluvia

(Nosotros los pobres, los invictos)

Para licuarme el alma

Hace cuatro cinco estaciones llueve

Luego siguió lloviendo

Así vino el nombre de lo llovido

(Como del maullido de un gato)

No escrito

No pensado

Cantidad de veces no entendido

(Mojado)

Maúllo

Nado

Hace cuatro cinco estaciones 

Veo llover lo llovido

(No escrito)

Gafas

Ella fue una visita al pasado

Una sesión de espiritismo

Una sonrisa

Una niebla que cualquier otro 

Podría haber atravesado en mi lugar

Encogido  

Inmóvil en la parte más alta del mundo

Tenía ahora su conciencia

En el centro de la perfecta soledad

Que había supuesto

Me preparé largamente para la lluvia

(Nosotros los pobres, los invictos)

Para licuarme el alma

Eduardo Magoo Nico. Fotografía: Annarosa Nico.

Acerca del autor 

Eduardo Magoo Nico (22 de marzo de 1956, Lomas de Zamora, Buenos Aires, Argentina). Publicó en Argentina su primer libro de poemas, «La Polaca» (Ediciones Cronopio Azul, 1995), el relato «Resurrección» en el diario Perfil (6/1/2008), y el libro de poemas «Puros por Cruza» (Editorial El fin de la noche, 2011). Víctima de la crisis económica que en el 2001 asoló a la Argentina, se trasladó a Trieste, Italia. En Italia ha publicado la fotonovela «Escuela de Sirenas» en el suplemento cultural del diario Il Manifesto (Alias, 9/2/2002) y el poemario «Servidumbres» (La Cartonera Edizioni, 2022).