Palomas, la grieta que baja del cielo

Por Fernando Bersi

Cuántos cambios y en qué poco tiempo. Al menos, en la Ciudad de Buenos Aires, ya ni ser paloma es como antes. En un abrir y cerrar de ojos, las consideradas desde Noé para acá símbolo universal de la paz, pasaron de la postal tierna de Plaza de Mayo al centro de una disputa descarnada. Mientras por un lado se alinean personajes anónimos que promocionan en la Web recetas de venenos caseros, francotiradores que juegan “tiro al pichón” y políticos que impulsan bajo la bandera del riesgo sanitario normativas que logren su eliminación, en la vereda opuesta, vecinos se organizan para impedir su captura, se turnan para alimentarlas y hasta fundan refugios y espacios de rehabilitación para ejemplares maltrechos. ¿Cómo llegamos a esto?

Cómo imaginará, el humano tiene mucho o todo que ver. De las 24 variedades de palomas que existen en América del Sur principalmente dos sobrevuelan el cielo porteño. Una, la Columba livia, conocida como la paloma doméstica, que ingresó al país con fines militares a mediados del siglo XIX de la mano de Domingo Faustino Sarmiento. La otra, Zenaida auriculata, la vieja y querida torcaza, de origen local, que migró a la ciudad afectada por los diferentes desmontes y el avance de la frontera agrícola con sus pesticidas a cuestas. En ambos casos, su plasticidad y genética les permitió adaptarse.

Y aquí, sin depredador natural, se multiplican sin mucho control. En condiciones ideales, arriesgan algunos, crecen 3.6 veces por año. ¿Es mucho? ¡Muchísimo! Si nuestra población creciera a esa tasa anual, para el mundial de Qatar 2022 los argentinos seríamos el doble que los chinos.

Clara Correa recuerda el sábado 28 de enero de 2006 tanto como el día de su cumpleaños. Ese día, mientras caminaba por los bosques de Palermo encontró bajo una palmera un pichón caído de su nido. Enseguida supo dos cosas: que era una torcaza bebé y qué algo debía hacer. Nunca más paró de hacer. Clara es el motor de Pájaros Caídos, refugio que se encarga de rescatar y rehabilitar aves para devolverlas a la vida silvestre. Trabaja junto a un grupo de más de 30 voluntarios -entre ellos colombófilos, veterinarios, biólogos, abogados y amantes de la naturaleza sin diploma-.

Además, desde una página de Facebook y un blog, difunde un manual de instrucciones para una rápida ayuda frente a un pichón encontrado. Enseña desde cómo preparar una ración de comida con Nestum y alimento balanceado para gatos humedecido en agua hasta cómo simular el pico de una paloma madre con una bolsa de nailon. Desde cuáles son las enfermedades más comunes hasta cómo hacer un nido provisorio con papel higiénico. Y cuenta, por si fuera poco, con sistema de guardias online. “Aparecen aves lastimadas, heridas, mutiladas por autos y hasta a veces por la maldad de las personas”, se lamenta Clara. “Otras veces por comer desperdicios y no tener control sanitario llegan muy enfermas”.

Desde la vereda de enfrente se escuchan todo tipo de quejas: que el arrullo a coro de cientos de palomas es insoportable, qué la materia fecal produce un hongo que daña la pintura de los autos y la arquitectura de la ciudad, que anidan en los tapa rollos de las persianas y en los huecos de los aparatos de aire acondicionado y por sobre todo, que transmiten enfermedades peligrosas. La mayoría de vecinos, hay que decirlo, busca espantarlas, no lastimarlas.

Con métodos made in casa como colocar cds, bolsas de nylon o hasta kilos de pimienta en los balcones y cornisas o con los productos que ofrece la góndola: tiras de metal con pinches, repelente en gel o en granos. O algo más sofisticado: cuervos de plástico. Otros personajes, pocos por suerte, recurren a la gomera, al rifle de aire comprimido o al veneno. En 2012 una decena de aves aparecieron baleadas en Recoleta y en 2013 más de 140 envenenadas -por ingesta de semillas con ácido fosforado- en la plaza Misericordia del barrio de Flores. “La cuestión es que para erradicarlas se fomenta el discurso de que son peligrosas. Y con este tipo de operación se avala cualquier acción contra ellas”, sostiene Clara.

Palomas, su mala reputación no se corresponde con la realidad.
Palomas, su mala reputación no se corresponde con la realidad.

“Nunca me hubiese imaginado que había un mercado tan grande de adopción. El año pasado pude dar tres palomas”, dice Nuria Kojusner, veterinaria y desde 2015 colaboradora permanente de Pájaros Caídos. Además de las aves que tiene en su casa a la espera de recuperación, Nuria convive con una perra y dos palomas que andan libres como panchas por su casa. Una, discapacitada y otra, que fue criada lejos de su ámbito natural, ninguna devuelta a la naturaleza sobreviviría. Aunque suene a una locura, un ave no demanda mucha más atención que una mascota tradicional.

“Cuando están bien alimentadas no defecan líquido, ni blanco ni fosforescente, hacen durito. Hasta lo podés juntar con una Carilina”, dice Nuria y se ríe, “pero es así”. En condiciones ideales una paloma puede vivir más de 15 años, pero en la Ciudad de Buenos Aires con el peligro a la vuelta de la esquina -enfermedades, accidentes o la maldad del hombre- la expectativa de vida se reduce a 3 años.

Como decíamos, los detractores de las palomas las acusan de propagar muchas pestes: sitacosis, ornitosis, sarna. El problema principal, dicen algunos profesionales, está en las heces, que una vez secas se convierten en polvo y arrastradas por el viento pueden penetrar en las vías respiratorias de las personas.

“Todos los animales padecen enfermedades que pueden transmitirse al hombre, todos, como el perro la rabia. Las palomas solo una o dos y de muy rara transmisión”, afirma Eduardo Murphy, licenciado en Ciencias Biológicas. “Se han dado casos en Azul y Mendoza, en galpones muy antiguos, abandonados, cerrados por muchos años, en los que de golpe entraron obreros sin ningún tipo de protección. En general el riesgo de contagio es muy bajo”.

Andrés Peña, biólogo, desde 2000 trabajador del Museo de Ciencias Naturales Bernandino Rivadavia en Parque Centenario, va en el mismo sentido: “he visitado los sectores de infectología de los hospitales Muñiz y Durand y las oficinas del Ministerio de Salud de la Nación. No hay registro de ninguna persona enferma a causa de la paloma”.

“Hace 4 años que formo parte de Pájaros Caídos y me sorprende gratamente la cantidad enorme, pero enorme, de gente que se preocupa por las palomas urbanas: las levantan, las cuidan, las llevan al veterinario. En realidad, a todas las aves urbanas en general”, cuenta Silvina Pezzetta, abogada.

“Y descubre, como me pasó a mí al convivir con ellas, que las palomas son muy sociables, que reconocen a quienes las cuidan y alimentan. Juegan, son muy inteligentes. En general, uno espera eso de los perros pero una vez que se las conoce, se sorprende”.

En 2010, Ulises Forte, diputado nacional por la UCR La Pampa, presentó el proyecto -firmado por otros once legisladores- de formación del Programa Nacional de Control Poblacional de Palomas (PRONACOPA). Se pretendía declarar plaga a la Torcaza y otras especies asociadas para habilitar su matanza.

Según los proteccionistas, el proyecto -camuflado tras la protección del patrimonio arquitectónico y la salud pública- buscaba, imposible una metáfora mejor, matar dos pájaros de un solo tiro. Por un lado, evitar las pérdidas que denunciaban los productores agropecuarios, en especial los de girasol. Y por otro, favorecer otros emprendimientos privados.

El frigorífico pampeano Infriba, especializado en carne de ciervo, pronto comenzaría a exportar a Europa y Estados Unidos carne de paloma. Los cotos de caza, prohibidos en muchos países de Europa, se transformarían en moneda corriente. Finalmente, los legisladores del Frente Para la Victoria no levantaron la mano y el proyecto fracasó. La torcaza no fue declarada plaga, matarla continuó siendo un delito.

Y para colmo, además de una atrocidad, matarlas tampoco hubiera sido solución. Para el Doctor en Biología Enrique Bucher, profesor emérito de la Universidad Nacional de Córdoba y Premio Konex 1993 por su trayectoria en zoología, el exterminio no produciría el efecto deseado porque en poco tiempo, gracias a la velocidad de su reproducción, la población de palomas se equilibraría y volvería a crecer. Según Bucher , “más que declararla plaga o no, sería mucho más importante desarrollar un programa serio y continuado de investigación, experimentación y desarrollo sobre el tema, tanto sea de la paloma torcaza como de la doméstica”.

En el Gobierno de la Ciudad por ahora las ven pasar. Solo cuándo el tema de las palomas gana agenda mediática intenta mostrarse activo. En 2012 instalaron jaulones en algunos pulmones y jardines de Recoleta con el objetivo de atrapar ejemplares para largarlos en zonas con menor densidad de aves.

“Fracasó, porque solo cazaron torcazas y las palomas que más fobia producen son las domésticas. Las torcazas no ensucian los frentes de las casas ni los monumentos ya que viven todo el tiempo en los árboles”, sostiene Murphy. En otra oportunidad, técnicos de la Agencia de Protección Ambiental dejaron correr el rumor de que iban a soltar halcones en las zonas más afectadas. Como desde varios sectores alzaron la voz, la medida, al menos en los papeles, nunca se llevó a cabo. “Es evidente que lo hicieron, hay un aumento exponencial de este tipo de aves. Se ven en algunos barrios, por ejemplo en Villa Lugano o hasta en el techo de la Biblioteca Nacional”, asegura Murphy. “Y no resultó, principalmente porque los halcones no solo se alimentan de palomas”.

Según un estudio de Aves Argentinas, asociación que estudia las aves desde 1916, el cielo porteño está cambiando: cada vez hay menos gorriones y jilgueros y más aves rapaces –chimangos, gavilanes y caranchos-, loros y por sobre todo, más palomas.

Para los proteccionistas, existen formas mucho más efectivas -y menos cruentas, claro- de afrontar el desborde poblacional. Una, controlar la natalidad como se hace en París: Se colocan palomares en las principales plazas, una vez que las palomas anidan, se les cambian los huevos por unos de plástico. De esta manera no tienen 4 o 5 crías por año. Otra, utilizar Ovo Stock, producto que mezclado con el alimento descalcifica el huevo y lo rompe. Los que saben, dicen que no tiene contraindicaciones ni para las palomas ni para el medio ambiente. Tampoco para el bolsillo de los contribuyentes. No es caro y en una prueba piloto en Mendoza se demostró que ni siquiera es necesario usarlo todo el tiempo. Por qué no se aplica, un misterio.

Más allá de los retorcijones de estómago que sufren cada vez que llega una paloma herida, Clara y compañía, prefieren ver la mitad del vaso lleno. El refugio no para de crecer. El sistema de aves en tránsito funciona cada día más aceitado.

Reciben colaboraciones de diferentes partes del mundo, Pájaros Caídos ya se convirtió en Asociación Civil y a través de las redes más de 140000 personas siguen sus pasos. “Todas estas cosas me dan esperanza”, dice Clara. No es para menos.

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