Modelo productivo, el debate pendiente para la campaña

Por Rodolfo Chisleanschi

El nuevo año llegó a la Argentina con una urna bajo el brazo. Esta misma semana, incluso antes de la visita de los Reyes Magos, ha dado comienzo la larguísima, la interminable carrera electoral. Un frenético rally con varias etapas intermedias que, si fuera necesaria una segunda vuelta para elegir presidente de la Nación, acabará recién a finales de noviembre.

Por fortuna, en los últimos 35 años hemos podido acostumbrarnos a este tipo de competición política. Conocemos de memoria su carácter de maratón extenuante para los participantes directos, dirigentes que pugnan por arañar votos para sus formaciones. Aceptamos hasta con cierto placer que una avalancha de rostros sonrientes nos saluden desde los carteles de propaganda, y entregamos gustosos los oídos a propuestas y promesas… hasta que, en mayor o menor grado, suele vencernos el aburrimiento.   

La secuencia se repite elección tras elección. Cualquiera podría apostar -con absoluta seguridad de ganar- que nos esperan once meses de escasos debates interesantes y, por el contrario, llenos de palabras huecas y ataques cruzados que modifican muy poco la idea preconcebida que tiene cada cual. Once meses pueden parecer mucho tiempo. Pero el problema no está ahí, sino en la falta de profundidad de los contenidos. Se habla hasta el hartazgo, se dice muy poco y nada.

La democracia argentina post-dictadura, con todas sus virtudes, ha sido hasta ahora incapaz de superar su principal trauma: a la par que se resuelven las urgencias, no ha planteado ni discutido a fondo el modelo de Estado que se pretende para este país. La mirada se detiene en lo inmediato, cuando debería además vislumbrar y planificar el porvenir más lejano posible.

No ha existido desde la asunción de Raúl Alfonsín hasta la fecha un debate sensato, abierto, multisectorial, plural y honesto que piense qué Nación queremos ser dentro de dos o tres décadas, que establezca un objetivo común y trace un camino que nos alinee a todas y todos para recorrerlo juntos, más allá de los matices y variables que las distintas coyunturas e ideologías vayan aplicando en ese tiempo.

Argentina se debe con urgencia un debate profundo sobre su modelo productivo.
Argentina se debe con urgencia un debate profundo sobre su modelo productivo.

El modelo de Estado es un eje, un metro patrón que sirve de guía, pero no se trata de un concepto unívoco.

Existe un modelo esencial que se refiere a lo organizativo, a la división territorial, a la mayor o menor centralización en la toma de decisiones, a las competencias que corresponden a cada ámbito -nacional, provincial y municipal, en el caso argentino-, a la separación de poderes

Detrás, o mejor dicho junto a él, hay un modelo productivo, que establece sobre qué sectores económicos recae el acento para generar los recursos imprescindibles que permitan a la población desarrollarse y vivir con cierto bienestar. El paso siguiente es apoyarlos con énfasis en todos los órdenes, desde la educación infantil hasta la apertura de mercados internacionales para exportar lo que se produce.

El tercer aspecto es el modelo social, que apunta al modo en que se distribuirán las riquezas y los beneficios que se obtengan de explotarlas, así como el grado de participación del propio Estado en las cuestiones que son comunes a todos: la educación, la salud, el transporte, la cultura, las infraestructuras, etcétera.

Sin objeciones aparentes sobre el modelo de organización territorial -federal en algunos ítems, profundamente centralizado en otros-, y con las alternancias políticas digitando las transferencias de recursos entre las clases más pudientes, las medias y las menos favorecidas, es el modelo productivo el que está sobre la mesa y el que debería centrar el debate en algún momento de nuestra historia democrática más reciente.

Desde hace ya unos cuantos años que el peso del sector manufacturero supera en el porcentaje de PIB (Producto Interior Bruto) al agrícola-ganadero, tradicional motor de nuestras finanzas. Sin embargo, el dato tiene algo de trampa y un hecho ocurrido el año que acaba de terminar lo dejó en evidencia.

La sequía sufrida durante meses por los campos de la pampa húmeda redujo en alrededor de un 20% la producción agrícola y su caída generó un descalabro en la balanza comercial, el déficit fiscal y la mayoría de los grandes y pequeños números de la economía. Un dato añadido completa el cuadro: los sectores industriales más potentes y rentables del país son los relacionados con la alimentación y las bebidas, es decir, los que trabajan con aquello que da la tierra. Para entendernos: elaboramos y exportamos aceite de soja con las habas que crecen en el campo; igual que producimos y exportamos vinos con las uvas que cuelgan de las viñas. Más aún, la creciente industria del biodiesel, que no es comida ni bebida, también surge de la soja. Así, el año que no llueve o llueve en exceso, la estantería tiembla.

En un contexto de cambio climático rampante, con alteraciones meteorológicas cada vez más frecuentes e impredecibles, no parece del todo razonable seguir apostando buena parte del bienestar general a lo que cae del cielo. Deberíamos ponernos a hablar de otras cosas. Nuestra periférica situación geográfica nos obliga a ser más imaginativos que nunca, a buscar en la industria del conocimiento la manera de obtener plusvalía de nuestros recursos.

Quizás haya llegado la hora de plantearse en serio qué estamos en condiciones de ofrecerle al mundo a partir de acá y en los futuros 30 años, y empezar a trabajar en ese sentido. Quizás haya llegado el momento de hacer una reforma en serio de toda la estructura educativa para formar generaciones enteras de pibes que entiendan de robótica, de nuevas energías, de desarrollo sustentable, de formas innovadoras de entender y organizar la economía pensando en el bien común. Sin duda debería llegar la ocasión de plantearse en serio que para generar ingresos genuinos y lograr un reparto más o menos equitativo que garantice una vida digna a la mayoría, nuestras fichas tienen que ocupar más casillas que las marcadas por la materia prima que nos ofrecen los suelos y las rocas, se llamen soja, litio, grafeno, trigo, petróleo de Vaca Muerta o lo que sea.

¿Se hablará de algo de todo esto en los once meses que tenemos por delante? ¿Son los dirigentes que coparán las listas partidarias los más capacitados para hacerlo? ¿Existe en la sociedad un impulso que motive este tipo de debate?

Estaría bien que así fuera, porque es ahí donde nos jugamos el porvenir. 2050, por mencionar una fecha que suena distante pero que dentro de 31 años la mayoría de los actuales argentinos recibirá con un brindis, debería brillar con luz propia en la agenda política.

Porque sin un modelo productivo diferente al actual y un compromiso auténtico en seguirlo y mantenerlo, la Argentina quedará condenada al sobresalto, a la urgencia permanente… y también, desde ya, a las campañas electorales insufribles.

El Cafe Diario punto com

Medio cooperativo. Periodismo.

2 comentarios sobre “Modelo productivo, el debate pendiente para la campaña

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *