Laura Santos le abre las puertas al policial latinoamericano

Por Florencia González ([email protected])

Edición: Florencia Romeo ([email protected])

Laura Santos es periodista, mexicana de nacimiento, y vive en Buenos Aires desde hace nueve años. En medio de la pandemia fundó la editorial feminista Bocas Pintadas junto a su socia, Sonia Almada, y escribió la novela Una cabecita que rebota para contar, a través de la ficción, una realidad que duele.

La historia surgió «en un taller gratuito sobre novela policial que dieron en la Biblioteca Lugones. Yo no era consciente, pero todos los textos que tenía escritos hasta el momento presentaban tintes de policial«, cuenta la escritora.

Así fue que, al empezar a trabajar en aquel taller, a Laura le dieron ganas de escribir un policial a puertas cerradas, clásico «al estilo Edgar Allan Poe«, en sus propias palabras, y así lo planeó (aunque tuvo que abrir la puerta).

Una cabecita que rebota, novela policial de Laura Santos.

Sin ánimo de spoilear nada, el nudo de novela se cuenta en el primer capítulo. Hay un crimen, un filicidio, es decir, cuando una madre o un padre matan a sus propios hijos, y se intenta esconder el asesinato de una hija. ¿Cómo aparece una niña muerta? ¿Siempre alguien «aparece» muerto?

En principio, Laura tuvo en mente otra idea original: «Luego del asesinato, aparecía un periodista intrépido, que era el que resolvía el caso, tratando de cubrir la nota. Pero, al momento de estar escribiendo la historia, me crecieron los enanos y se fue por otro lado«.

Es entonces cuando se empiezan a tejer otras subtramas más interesantes para la autora, como el poder, el narcotráfico y también el adulto-centrismo. Es decir, aquellas tramas que, finalmente, les darían vida a las historias. Además, la historia se desarrolla en México: «Me di cuenta de que en México el filicidio es algo que sucede y se investiga muy poco«. En esa línea, Laura Santos, quien se autoproclama «la menos Santos de los santos«, manifiesta que la violencia hacia los niños y niñas está justificada con «prácticas de educación«.

¿Cuándo decidió ser periodista? ¿Siempre supo que quería serlo?

Sí, desde muy chiquita. Veía dos programas de televisión, en México, obviamente. Uno era Odisea Burbujas, que eran como una especie de botargas, de animales que andaban por el espacio y había un malo que les complicaba la vida. Uno de los personajes era Mafafa, una rana que era periodista y fotógrafa. El otro era Sandybell, que aspiraba a ser reportera.

Laura dice que esos programas son «de la prehistoria», y se considera a sí misma «de la vieja guardia, de los años ochenta«. Vio la figura activa de la periodista, el rol de poder preguntar, de que las mujeres podían hacerlo. Eso la entusiasmó para seguir por ese camino en una sociedad híper machista, donde las mujeres –al igual que ella–no tenían voz.

Presentación de la novela en México, 2022.

¿En qué momento se dio cuenta de que su escritura/narrativa era más afín al género policial?

Fui consciente recién cuando entré a este taller de la Biblioteca Lugones. Y, definitivamente, soy una escritora de policiales. Es decir, si ven mi carpeta en la computadora y los textos, hay cuentos, relatos y demás, pero todo afín a lo policial.

¿Tiene idea a qué se debe esta tendencia?

No sé muy bien por qué. Tengo la intuición de que el policial, al trabajar con crímenes, se conecta muchísimo con el dolor humano.

Para Laura Santos, además, este género se conecta con las estructuras de poder. Porque si una persona asesina a otra, entonces, hay un vínculo de poder. Eso le genera intriga. Le gusta explorar y adentrarse en la oscuridad humana: «No por hacer apología, sino pensando en los supuestos y también demuestra el lado más luminoso de los seres humanos. A la vez que, siendo feminista, considero usarlo como mecanismo para visibilizar el horror en el que vivimos/viven algunas mujeres» señala.

Según su experiencia en el periodismo y en la novela policial ¿cuáles fueron, o son, aquellos/as escritores que tuvo de referencia?  

Cuando empecé con lo que para mí era un sueño –convertirme en periodista– ser periodista era el equivalente a ser astronauta. No encontraba cómo iba a poder hacerlo. Me sentía muy marginada de ese mundo. Los escritores que yo admiraba fueron un vehículo que me tomó de la mano para tirarme al vacío y tratar de cumplir ese sueño.

¿Cuáles eran?

Mis referentes son mexicanos, porque mis primeras lecturas fueron de autores de allí. También leí a Gabriel García Márquez, quien comenzó como periodista. Y luego de leer Crónica de una muerte anunciada, dije ‘para poder ser escritora, primero tengo que ser periodista‘. De hecho, en mis primeros años estuve cubriendo nota roja.

¿Qué es eso?

Es lo que acá llamamos notas de asesinatos, o simplemente, crónica policial. Por otra parte, hay una escritora francesa –que se nacionalizó mexicana–, Elena Poniatowska, que es cronista. Es periodista, y del periodismo saltó a la narrativa, a la escritura.

Es aquí que la entrevistada confiesa que quería ser como ella cuando era chiquita. Otro de sus grandes referentes es el mexicano Jorge Ibargüengoitia (autor de Las Muertas), «uno de los que mejores policiales ha escrito«, dice Laura.

La realidad que abruma

Será luego de leer Las Muertas, basada en un hecho real sobre trata, que Santos tomaría magnitud de lo que significaba la banda de Las Poquianchis en la sociedad mexicana y le despertó el interés y reflexionó acerca de que «si bien el periodismo es súper importante, algunas veces la ficción es lo que nos permite terminar de hacer clic, para desnaturalizar ciertas violencias. Otras veces, el periodismo nos agobia tanto como personas que ya no lo podemos ver«.

Presentación de Una cabecita que rebota en el Buenos Aires Celebra México.

En relación a este punto, Laura cuenta que, luego de la pandemia, terminó con la denominada infoxicación, la toxicidad de la información: «La ficción nos da como una especie de descanso mental«, señala.

Y sus referentes le enseñaron eso, que con la ficción podía entender la realidad y a creerse las mentiras que hay en una ficción, aunque esto resulte paradójico.

Entonces, en Una cabecita que rebota, Laura ‘les miente’ a sus lectores, con este acuerdo previo que reconocemos de los contratos de lectura propios del periodismo gráfico.

Son sus lectores quienes deciden creer en la novela y en tratar de entender, cuando ni ella, a veces, termina de entender la violencia que existe en México y que lo ficticio de una historia ayuda a comprender.

Todos los prejuicios, todos

Sin contar demasiado, en las historias que se vislumbran en Una cabecita que rebota, hay hilos de discriminación por género, machismo, gordofobia. ¿De dónde surgió la inspiración para retratar estos prejuicios?

Seguramente tiene que ver con mi historia. Entiendo que las sociedades latinoamericanas son machistas, hay un montón de xenofobias, son sociedades gordofóbicas, hay racismo. Tenía muchas ganas de abordar esas violencias en mi novela porque me parecía que podían ayudarme a construir ese mundo oscuro que quería armar, que quería gritar.

¿Cómo es ese mundo?

El mundo de Una cabecita que rebota es el mundo del que quiero que salgamos todos: el mundo de la violencia. Esta novela es un grito, un alarido de ‘vámonos de aquí’. Tal vez, ni siquiera me sienta orgullosa de haber escrito una historia así, pero lo necesitaba.

Se podría decir que la novela surge de una necesidad.

Decidí meter esos hilos, porque seguramente los he padecido, porque soy víctima del machismo, como muchísimas mujeres. Porque fui víctima de discursos de odio, por tener un cuerpo gordo cuando era joven, por ser discriminada por mi color de piel. Yo sé que soy morena porque hubo una sociedad que se encargó de decirme que soy morena. También sé que estoy en riesgo cuando voy a México, por sólo ser mujer.

Siempre el tema de los prejuicios, ¿no?

Las mujeres tenemos que hacer mucho esfuerzo para demostrar y probar que las violencias que nos aquejan están mal: tesis, encuestas, investigaciones. Tenemos que sentarnos a escribir un libro…. Se nos exige que lo digamos de manera amable.

En su opinión, ¿por qué a las mujeres no se las creen capaces de ocupar cargos de poder?

Ciertamente, en la novela está el cártel de El casero, sólo tuvo una hija mujer, entonces tuvo que buscarse un hombre al cual heredarle el cártel y casa a ese hombre con su hija. El casero nunca pensó en heredárselo a la hija. Tuvo que buscar un hombre. Es un cargo de poder ilegal, criminal. Pero, incluso en esos lugares, a las mujeres nos cuesta acceder a esos cargos.

¿Por qué?

La respuesta es lisa y llanamente por machismo. Porque hay una sociedad pensada para que un sector –los hombres– nos dominaran a todos los demás seres, incluidas las mujeres, animales, plantas. Nos hicieron creer que cualquier otra forma de vida les pertenece.

Como si la mujer no pudiera tener poder.

Que una mujer tenga poder, pone en jaque toda esa estructura que creen que funciona. A muchas mujeres también les hacen creer que, para acceder a dichos cargos, deben copiar y adoptar prácticas machistas, que es lo que hace Silvia Maldonado en la novela: se convierte en lo mismo que culpa. Quiero incidir en que otra forma de poder es posible. Podemos y debemos.

¿Habrá una segunda parte?

Honestamente, no. Hay cabos que quedan para una segunda parte, pero nunca lo pensé. Ahora tengo ganas de sacarlos de mi casa.