«Las manos sucias», o esa eterna necesidad de que nos quieran

Por Lola López (www.instagram.com/quailola)

Edición: Florencia Romeo (florenciaromeo06@gmail.com)

Se han hecho muchas reflexiones de tinte político sobre la obra de teatro «Las manos sucias« y es lógico que así sea, porque Jean Paul Sartre, su autor, siempre estuvo atravesado por la realidad política de su tiempo (1905-1980) y, puntualmente, esta historia transcurre durante la Segunda Guerra Mundial. 

Sin embargo, también podemos tener otra mirada sobre esta pieza teatral y que se relaciona con la ancestral necesidad de aceptación que tenemos los humanos. Porque, en definitiva, es eso lo que reclama Hugo: la legitimación de sus capacidades, por parte de los que considera sus compañeros de lucha, en un partido revolucionario al que se ha adherido como reacción a la clase alta a la que pertenece… que tampoco lo había aceptado del todo.

Daniel Hendler, Florencia Torrente y Ariel Pérez de María.

La cuestión de la mirada de los otros siempre ha estado presente en los escritos de Sartre: basta recordar otra de sus grandes obras de dramaturgia llamada «A puerta cerrada» («Huis Clos») cuyo lema es: «El infierno son los otros«.

Pero también hay otro tema que atraviesa a Sartre, como les ocurre a muchos intelectuales, y es la importancia de ser «un hombre de acción», un hombre que se legitima como tal dejando la teoría y pasando a la práctica, a poner el cuerpo; en el caso de Hugo, pasando a la lucha armada… o hasta a matar a un hombre a sangre fría (en este caso a Hoederer, líder del partido) con tal de demostrar que es capaz.

¿Capaz de qué? De animarse, de ser valiente, de dejar «las letras» para salir a las calles. Eso es lo que mueve al personaje de Hugo y lo que le trae muchísimos problemas, amén de no resolverle sus inseguridades personales ni conseguirle la anhelada legitimación, porque sus compañeros nunca terminan de confiar en él, por pertenecer a una clase social acomodada. 

Hoereder (Daniel Hendler) y Hugo (Guido Botto Fiora). Foto: Gustavo Gavotti.

Hay un pequeño diálogo de la obra que retrata todo esto. Es cuando Hugo dice (revelando su mundo de ideas y valores): «Yo entré al Partido porque su causa es justa y me iré de él cuando ya no lo sea más. En cuanto a los hombres, no me interesa lo que son, sino aquello en que se pueden convertir«. A esto Hoereder responde: «En cambio yo quiero a los hombres por lo que son, con todos sus vicios y porquerías (…) Para mí sí cuenta un hombre más en este mundo mientras que a vos, te conozco, Hugo, vos sos un destructor… vos detestás a los hombres porque te odiás a vos mismo. La Revolución que vos anhelás no es la nuestra: vos no querés cambiar el mundo, vos querés que reviente«.

La puesta de “Las Manos Sucias” que hoy puede verse en el Teatro General San Martín es una oportunidad para acercarse a una de las obras más famosas del filósofo y escritor francés Jean Paul Sartre y reflexionar, también, sobre las tantas grietas que existen en nuestra sociedad y que aún hoy nos atraviesan.

El elenco a pleno. Foto: @tanbravaphoto. 

«Las manos sucias», de Jean Paul Sartre

Dirección: Eva Halac

Elenco: Daniel Hendler, Flor Torrente, Guido Botto Fiora, María Zubiri, Ariel Pérez de María, Guillermo Aragonés, Nelson Rueda, Juan Pablo Galimberti y Ramiro Delgado

Teatro San Martín

Av. Corrientes 1530, CABA

Miércoles a domingos a las 20

En cartel hasta el domingo 4 de septiembre

Entradas desde $650.