La verdad política se resquebraja desde el bolsillo

Por Pablo Kulcar

¿Es el espacio social de intercambio el que construye significación política a esto que llamamos crisis, o es objetivamente la devaluación del poder que ese intercambio pierde en manos de una significación ideológica?

El poder circula por todos los estamentos de la sociedad. Las instituciones se encargan de su difusión, y los contextos históricos políticos y sociales, de su construcción. Que es lo que vamos a dirimir en las próximas elecciones. La interpretación de aquello que ya está circulando con características de verdad, o el derecho a la construcción de contenidos que instituyan el poder en otros lugares. De esto se trata. De crear una creencia que construya. Es esta la realidad que vivimos. El resultado de este mercado, lanzado con voracidad a equilibrar los supuestos desequilibrios.

Cómo podemos superar una actual situación tan lacerante si no es con la inconsistente suposición de que la única manera de salir es encontrar una plataforma económica que concrete un crecimiento social.

Ahora, ¿qué entendemos por crecimiento? Un movimiento de circulante vía consumo de bienes, o una plataforma industrial o de desarrollo que nos dé alguna independencia en temas energéticos.

Seguramente existen conceptos de país, de tejido social, que difieren en estos temas. Es la lucha por el poder de instalar en el colectivo social un paradigma de verdad. Uno que considera al colectivo social como eso, algo dinámico, heterogéneo y fundacional. Otro, que considera a la sociedad misma como una variable a manipular en la construcción del bendito equilibrio.

Mauricio Macri y Cristina Fernández de Kirchner.
Mauricio Macri y Cristina Fernández de Kirchner.

Uno y otro intentan dar significados de verdad, intentan que las instituciones repliquen sus miradas, sus deducciones positivistas de lo que debe ser. Mientras tanto, un concepto tan antiguo como certero nos golpea cada mañana. El dinero que ganamos, merecido o no, exagerado según la óptica de un mercado que se considera regulador de gastos del estado, no nos alcanza.

Intentarán que sintamos que nuestro hoy es sólo el resultado de nuestro ayer. Intentarán que se piense que sólo la aceptación de esto que vivimos como una verdad, podrá engendrar un futuro. Nosotros sabemos que no es posible, que no está dando resultado.

Vivimos en medio de estos dos polos que luchan por imponer desde su lógica un poder que instituya lo que debe ser. Existe una crisis social y cultural que está produciendo transformaciones complejas en las formas de percepción, en los sistemas de construcción de sentido.

Los procesos de localización y globalización se superponen y generan nuevos ordenamientos. Mientras nos identificamos más con nuestro propio espacio, más nos insertan en un mercado globalizado en el que nuestras individualidades se vuelven a perder. La sociedad post-industrial es un hecho que implica nuevas miradas. Allí es donde estos dos potenciales formadores de sentido luchan por imponer su verdad.

Hasta hoy el macrismo ha logrado entre el desgajo económico una identificación ideológica de verdad que lo sobrepasa. Desde diferentes lugares de poder se ha logrado instalar un compacto de ideas que resiste el fracaso político. Desde la oposición, ni siquiera se plantean qué estructura puede hacerle frente.

El poder nuevamente dividido, surfea entre representantes del campo popular que no logran definirse. El gobierno ya tiene ese concepto de lo bueno y lo malo y lo replica por fuera y por dentro. La oposición solo cuenta con miradas o lógicas de pensamiento simbólico que se aferran a derechos sociales y laborales.

El peronismo es fiel a su propia y compleja construcción. Para este movimiento es necesario que, conscientes de ese poder histórico, reconstruyan sus miradas acerca de lo que es una salida a la crisis del siglo XXI.

La construcción de nuevos significados a las viejas preguntas es tan imprescindible como una dosis de sentido común. Como instalar políticas que impliquen también ideas de verdad, puestas a rodar como una sociedad dispuesta a repensarse, a reconocerse en su constante tropiezo colectivo.

La verdad se instala, se construye y se cuestiona. Es hora de ponerse a trabajar en una que no nos abandone a las miradas económicas, fundacionales, de números sin nombre ni rostros, sino que alumbre políticas activas, dinámicas, pragmáticas y, sobre todo, pensadas para ser populares, colectivas y solidarias.

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