Joyas imperdibles del Caribe panameño

Por Eleonora Bruno

Si bien la mayoría de las referencias sobre Panamá hacen alusión a la capital, que expone un interesante collage urbano integrado por una costanera que pretende simular una “pequeña Miami”, un área financiera que se destaca por enormes edificios modernos, un pintoresco casco viejo y un centro comercial muy parecido al Once porteño, fuera del continente este país atesora impactantes paraísos naturales, muchos de las cuales aún no han tenido la oportunidad de ser admirados por los amantes de los viajes.

Isla de las Flores

Emprender viaje hacia la variada gama de destinos panameños no tiene desperdicio. Uno de los más reconocidos es Taboga, también llamada “Isla de las Flores”, a la que se puede arribar vía ferry.

Aunque su diminuta aldea ofrece escaso alojamiento, no hace falta mucho más: con un día basta para recorrer sus exquisiteces, deleitarse con la multiplicidad de colores y comprobar que sus habitantes gozan de excelente salud, producto de la buena calidad de vida que ofrece un entorno de extrema calma y la falta de preocupaciones, situación inimaginable en las grandes ciudades.

Comunidad autóctona

Otra alternativa es la que ofrece el aeropuerto Aeroperlas, ubicado en la ciudad de Panamá, desde donde se realizan vuelos de cabotaje, por ejemplo hacia el archipiélago San Blas, compuesto por más de 350 islas, la mayoría vírgenes, y otras pocas, habitadas por indígenas kunas.

Aunque para llegar a este asombroso destino hay que animarse a un aventurero viaje en avioneta -no apto para quienes temen a las alturas y los poderosos efectos de las tormentas en el aire-, el panorama que se vislumbra desde el cielo anulará toda sensación de riesgo: un verdadero paraíso natural donde los desparejos tonos verdosos y azulados del océano se asemejan a pinceladas de una obra maestra de la geografía.

Este particular medio de transporte acerca al viajero a una de las islas autóctonas habitadas por los kunas, arribando previamente a una aledaña cuya brevísima pista de aterrizaje parece arrojarlo directo al océano instantes antes que el piloto decida activar el freno. Desde allí, el anfitrión que espera al turista lo trasladará mar abierto en canoa a remo hacia tierra indígena, en un trayecto emocionante que lo llevará a un destino plagado de incógnitas.

Centroamérica ofrece infinidad de sorpresas, y en ese sentido, el archipiélago San Blas, en Panamá, no es la excepción.
Centroamérica ofrece infinidad de sorpresas, y en ese sentido, el archipiélago San Blas, en Panamá, no es la excepción.

Aunque la isla kuna receptiva al turismo es pequeña, está densamente poblada por habitantes que aparentan ser mayores de lo que son, dada la alta exposición a los rayos solares, que envejecen notablemente la piel. Casi no hay arena: cada choza ubicada en la orilla tiene una bajada asimétrica al mar entre pequeñas piedras.

Si bien los habitantes viven en chozas muy primitivas, y duermen en “camas” tipo hamaca paraguaya, hay contadas chozas acondicionadas para alojar turistas, construidas con paredes de caña, techo de paja y un rudimentario piso de cemento, donde son comunes las visitas de lagartijas.

Allí no existen los sanitarios; sólo una casillita de madera con un inodoro colocado para el turista de paso, cuyo hueco da directamente al mar. Y, al bajar el sol, la única alternativa es seguir la rutina de la isla: irse a dormir temprano, ya que no hay electricidad. De modo que a las 7 pm, todo lo que se escucha es la voz del Mar Caribe, que arrastra el peculiar sonido del fin del mundo.

Los miembros de la comunidad kuna viven de lo que consiguen en la isla, y también de los ingresos que les significa el escaso turismo que se anima a vivir de otro modo por dos o tres días. Entre los servicios que ofrecen están las excursiones a las islas vírgenes de los alrededores -por supuesto, en canoa-, que sí presentan un paisaje digno de ser comparado con postales de la Polinesia: palmeras, mar transparente y calmo, estrellas y erizos de mar al alcance de la mano, y arena fina y pura.

Con respecto al tema gastronómico, la dieta de los kunas está basada en carne de pescado, que suelen conseguir sumergiéndose en el fondo del mar, a pulmón. Los más preparados para tan extrema tarea tienen una capacidad de retención de oxígeno que bordea los 4 minutos. Este particular sistema de pesca funciona del siguiente modo: van en canoa, de a dos. Uno de ellos se sumerge varios metros, tantos hasta donde su visión le permita percibir algún animal. Chequea el área donde se encuentra la presa. Sube a la superficie y le indica a su compañero el lugar exacto donde debe hundirse, para evitar el desperdicio de aire que ocasionaría una nueva búsqueda.

Entonces, este último baja directamente hacia el blanco, y lo atrapa con sus manos, con una precisión casi sobrenatural. Este ejercicio le demora los minutos necesarios para lograr el objetivo y no morir en el intento. Así capturan langostas y cangrejos, entre otras especies.

Los habitantes de la isla también cazan iguanas, que una vez capturadas son entregadas a las mujeres, quienes las cocinan e incorporan a guisos. Además de preocuparse por la preparación del alimento, la actividad femenina por excelencia es el arte de la confección de “molas”, objeto textil típico con trabajados diseños que incluyen figuras representativas de la comunidad, simbolismos que pocas veces el turista logra descifrar sin ayuda.

Los elaboran con una compleja técnica, que consiste en la superposición de capas de tela cosidas entre sí, donde contrastan formas y colores, que dan como resultado una pieza creativa de características únicas.

En cuanto a la provisión de agua, es escasísima. La obtienen de una de las islas cercanas, que a diferencia de la gran mayoría de la zona, tiene vegetación selvática y un angosto arroyo que se mantiene por las lluvias. Los kunas trabajaron durante muchos años para culminar la instalación de un fino caño submarino por donde hoy les llega agua en cantidades mínimas, de modo que sólo la utilizan para beber. La higiene personal la efectúan con agua de mar; por esa razón -sumada a la acción solar- incluso los niños tienen la piel curtida, y los adultos representan más edad de la que tienen.

Ecoturismo

Otro de los destinos imperdibles del país es Bocas del Toro, región ubicada en la zona norte del Caribe panameño, compuesta por 9 islas principales, decenas de cayos y miles de islotes. La geografía de esta provincia es muy diferente a la de San Blas, pues se destaca por su marcada biodiversidad. El paisaje denota una espesa vegetación, que exhibe tanto bosque como selva.

La Isla Colón es el corazón donde confluyen las actividades turísticas relacionadas con la naturaleza, con una interesante oferta hotelera y gastronómica. Desde allí, se pueden visitar espectaculares playas, muchas de las cuales ponen a disposición chozas ubicadas sobre plataformas marinas. Los visitantes pueden descender a nadar entre la amplia variedad de peces que habitan estas aguas cristalinas, en una danza que sellará en sus mentes la comunión única e inolvidable con la riqueza natural panameña.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: