Infanticidio: después de la conmoción sólo queda silencio

Por Mirtha Caré (mirtha.care@elcafediario.com)

Edición: Florencia Romeo (florenciaromeo06@gmail.com)

Ana María Rivarola tenía 8 años y estaba en la escuela esa tarde de primavera de 1974 cuando le pidió permiso a la maestra para ir al baño y nunca regresó. Porque ese día, 27 de septiembre, un adulto decidió violarla y asesinarla. Por entonces no se le daba ese nombre, pero se trataban de un infanticidio.

Su cuerpo fue encontrado en la escalera que lleva al campanario de la iglesia San Marcelo, en la localidad de Don Torcuato, y que pertenece a la misma escuela a la que Anita concurría. El crimen nunca se resolvió y los culpables quedaron impunes.

Años después, la psicoanalista Sonia Almada inició una investigación sobre ese infanticidio y en 2021 publicó el libro ‘La niña del campanario’, dedicado a reconstruir y poner luz sobre aquella historia a la que se pretendió dejar en la oscuridad. 

Sonia Almada: “Hay que ponerle voz a eso que se silencia, que no se dice, que no llega”.

Sobre Sonia Almada

Sonia Almada es psicoanalista e investigadora en temas de infancia. Se especializa en violencia sexual y maltrato en infancia y adolescencia. Es activista por los derechos de los niños, niñas y adolescentes. En 2003 fundó la asociación civil ARALMA, institución dedicada a prevenir, visibilizar y erradicar la violencia en la infancia y adolescencia.

Es coordinadora en Congreso Mundial Infancia sin Violencia y lidera la campaña La voz de lxs chicxs. Además, es cofundadora de la editorial Bocas pintadas y forma parte del movimiento Derecho al tiempo. Y en 2021 publicó su primer libro de no ficción ‘La niña del campanario’ (La docta ignorancia). Sobre estos temas conversó con El Café Diario.

‘La niña del campanario’ es un libro de no ficción sobre el asesinato de Ana María Rivarola, un infanticidio que marcó la infancia y los recuerdos de la autora.

Sobre el libro

¿Cómo nace la idea de investigar el infanticidio de Ana María Rivarola?

Yo siempre escribí de psicología, específicamente de psicoanálisis, y me encontraba escribiendo un libro acerca de la voz de los niños —tiene que ver con una campaña que llevamos desde ARALMA para impulsar que se escuche lo que tienen los chicos para decir—, y en un capítulo sobre infanticidio viene a mi memoria ese infanticidio, el asesinato de esta niña, Ana María Rivarola, Anita. En ese momento yo no sabía el nombre —lo sé ahora— pero recordé que asesinaron a una niña. El hecho sucedió cuando yo, igual que Anita, tenía 8 años y también vivía en Don Torcuato. Y sentí curiosidad por saber qué había pasado con eso. 

¿Cómo se enteró del asesinato?

Un adulto se lo contó a mi mamá cuando yo estaba presente. Encontraron a una niña colgada del campanario, le dijo. Así fue la frase, y ahí descubrí que los niños pueden morir asesinados, algo que yo a los 8 años no sabía. Primero descubrí que los chicos pueden morir igual que los viejos, y que, además, pueden morir asesinados. Eso fue un cambio muy notable en mi infancia, yo no la pasaba bien, tuve una infancia bastante triste y desagradable, así que eso me impactó un poco más que a otros que tienen una vida más linda. 

¿Qué más supo?

En ese entonces yo trataba de ver si conseguía alguna noticia, recuerdo que estaba muy pendiente de ver qué pasaba, pero después de la conmoción que provocó se dejó de hablar. Y ahora, 47 años después, viene a mi memoria ese crimen que en realidad nunca he olvidado. Bueno, la cuestión es que me puse a averiguar y no encontraba información. No había archivos y la gente no recordaba nada. 

Un infanticidio olvidado

Fue un proceso complicado.

Sí. Dos años y medio me llevó reunir la información, el libro está relatado a través de las entrevistas que fui haciendo a los testigos, que son niños aquellos que fueron compañeros de Ana María Rivarola, maestras, directivos del colegio, de cuando la niña estaba en el aula y pidió permiso para ir al baño y después apareció violada y asesinada. Esto fue en el año 1974, poco antes del golpe militar de 1976.

Fue una época turbulenta en Argentina y usted menciona en el libro que este crimen se lo atribuyen a la agrupación Montoneros. ¿De dónde parte esa hipótesis?

Eso fue para encubrir a los pederastas, es una narrativa social. Durante las entrevistas, antes de la publicación del libro, muchos de los testigos me afirmaban que eso lo habían hecho los montoneros, una gran cantidad de personas de la localidad de Don Torcuato sigue creyendo que fueron ellos.

¿Cuál supone que es la lógica de esta creencia?

Tenemos que pensar en la época, en el miedo que tenían las personas en ese momento que ya había empezado a desaparecer gente. Y Don Torcuato es una zona muy fuertemente militarizada por la cercanía de Campo de Mayo. Muchos de los testigos fueron torturados por la Policía en ese momento, además, tampoco se sabía lo que iba a pasar en el país, lo que ahí empieza a pasar. Así que se corrió la voz de que habrá sido un atentado de Montoneros, y la gente del pueblo lo creyó por miedo, por ignorancia.

¿Y por quitarle responsabilidad a la Iglesia?

Claro, porque fue un ocultamiento del Estado y de la Iglesia que todo el tiempo hizo maniobras para mantener callada a la familia y a los vecinos. Las personas de la localidad fueron presas de ese ocultamiento. La primera vez que presenté el libro lo hice en la sociedad de fomento de Don Torcuato, me parecía muy importante hacer una memoria colectiva, encontrar esa memoria colectiva perdida.

Un lugar significativo.

Cuando yo hice este recorrido era muy impresionante la conmoción que tenían las personas por no saber qué había pasado con el crimen de esta nena. Además, sólo sabían del hallazgo del cadáver y nadie sabía que la habían violado. Muchos años después vino la democracia, pero nadie se acordó de esto, todo quedó en que fue una conspiración. Yo tuve la suerte, la luz, de ver esto, de moverme.

Y el valor…

La verdad es que yo lo fui haciendo y no me considero valiente. Aunque sí fue muy conmovedor. Escuché muchas voces, incluso la de los malos. Pero tengo esta herramienta que es el psicoanálisis y puedo escuchar al otro sin juzgar lo que está viviendo, diciendo, sintiendo. Yo voy contando los hechos como fueron. Por supuesto que hago mi construcción de cada cuestión, pero está contado por cada uno según la vereda en la que estaba parado. 

¿A la familia que respuesta se le dio?

Ninguna. Para la familia fue una tragedia terrible, la familia fue arrasada por este hecho. En el libro yo también cuento lo que le va pasando a cada uno desde la muerte de Anita. Y el padre, en el lecho de muerte, le pide a un cura que por favor le diga quién es la persona que asesinó a su hija. Es muy impresionante. Fue muy conmovedor para mí hacer este libro.

¿Logró tener una idea de quién cometió el crimen?

Sí, para mí está dentro del círculo eclesiástico. Todo esto lo cuento en el libro.

Sonia Almada es activista por los derechos de los niños, niñas y adolescentes.

Sobre la violencia hacia los niños y las acciones

¿Qué acciones realizan desde ARALMA?

En ARALMA vamos desarrollando distintas actividades donde nos enfocamos en lo que les pasa a las mujeres y a los niños en este mundo tan cruel. Realizamos acciones territoriales trabajando con niños, la mayoría somos psicólogos así que brindamos asistencia en los distintos lugares —hogares convivenciales, merenderos, comedores— donde van los niños que, por diversos motivos, están privados de cuidados familiares. También capacitamos en cuestiones de violencia a personas que trabajan con niños. En general, los niños son objetos del mundo de los adultos y se los trata muy mal.

Hace un tiempo, desde los feminismos, se empezó a hablar y a tener en cuenta otros tipos de violencia además de la física hacia las mujeres: la verbal, la psicológica… ¿Esto aplica también para los niños? 

No, todavía no aplica. Eso que se logró en relación a la violencia hacia las mujeres, hacia los niños todavía no se logra. Hay que cambiar esa mirada, es como si los niños no tuviesen los mismos derechos humanos que los otros humanos. 

¿Por qué cree que pasa esto?

Porque los adultos no quieren abandonar sus privilegios, el privilegio de mandar a alguien, manejarlo, como los hombres lo han hecho toda la vida con las mujeres, los adultos lo hacen con los niños. Esto es patriarcado también, es una forma de dominación muy extrema hacia los niños. Claro que en algunas familias se los trata bien, pero en general no. Hay un pensamiento de que con tu hijo podés hacer lo que querés. 

Es terrible.

Una vez un paciente me contó que iba caminando por la calle y vio que un adulto zamarreaba a una nenita, entonces mi paciente le dijo que no le podía pegar, que a los niños no se les pega, y el hombre le contestó: “A mí no me digas nada, es mi hija y hago con ella lo que quiero”. Ahí ves la alta vulnerabilidad que tienen los niños porque no pueden defenderse, ese hombre a un hombre más grande o del mismo tamaño no se atreve a zamarrearlo, ni una mujer le pega una cachetada a otra mujer porque no quiere comer, pero las madres les pegan cachetadas a sus hijos, los zamarrean, también se ve eso, la crueldad no tiene género. 

¿Cómo se visibiliza esta problemática?

Desde ARALMA hicimos congresos mundiales, con invitados especializados para hablar de los diferentes temas que atraviesan las infancias. También realizamos muestras de arte exponiendo lo que les pasa a los niños. Creo que es necesario construir narrativas, como hicimos con las mujeres desde el feminismo. Desde ARALMA, y yo particularmente desde mi lugar, lo que hacemos es ponerle voz a eso que se silencia, que no se dice, que no llega. Los adultos no quieren abandonar sus privilegios, todavía cuesta, pero esperemos que algún día esto se logre. 

¿Qué propuestas hay desde el Estado con respecto a la protección de las infancias?

Ninguna, y nunca la hubo. No hay políticas aplicadas exclusivamente a ellos, por supuesto que ahora hay algunas cosas y es mejor que con el gobierno anterior (Mauricio Macri), pero los niños están dejados de la mano del Estado. 

¿Cuál es la propuesta de las organizaciones?

Desde ARALMA, y junto a otras organizaciones, estamos impulsando la creación del Ministerio de las Infancias y Juventudes, para poner en agenda pública y política esta necesidad. Ahora estamos haciendo una colecta de firmas para exigir la creación del ministerio. Creo que hay que poner atención en la creación de políticas públicas, en la prevención del abuso sexual, el maltrato y muchas otras cuestiones.

¿Cuáles, por ejemplo?

Todavía se siguen vendiendo bebes y niños pequeños en Argentina, la mal llamada prostitución infantil que es la explotación sexual y comercial de niños y niñas en Argentina, la explotación laboral, el mal trato hacia los niños inmigrantes… Tenemos que ponerle luz a lo que está en penumbras.