Ella, ellos

La complicidad de un padre y una madre, ante los ojos de su hija pequeña. La intimidad de un gran momento.

Niña dormida.

Niña dormida.

Por Valentina Ramos Ryng

Era una de esas noches en el monoambiente de Martínez. No me acuerdo exactamente cómo lucía, pero sí me acuerdo de la cocinita con la pava siempre hirviendo, el mate arriba de la mesa, los cuadros de la tía Flor (pobre, alguien se los tenía que comprar) y el balcón lleno de suculentas.

Estábamos los dos juntos, bien juntos, papá y yo en la cama de una plaza, tan chiquita que los pies sobresalían por debajo de las sábanas, pero todo por mí, decía, la vida por vos.

Jugábamos a dar distintos tipos de besos antes de ir a dormir: beso de conejito, beso de libélula, beso de perrito y de otros animalitos y, por último, el beso mariposa. No era la gran cosa, aletear las pestañas contra las mejillas y dormite, nena, dormite.

Así liera y terremoto me dormía, algo tenía ese beso mariposa, yo que no creía en la magia ni en el Ratón Pérez, pero algo tenía. Después, cuando papá pensaba que estaba en el quinto sueño, se desenroscaba de mi cuerpo y bien despacito se levantaba de la cama como podía, procurando no destaparme ni despertarme. Entonces, se sentaba en la mesa con mamá y cebaban un mate amargo, bien amargo; así es la vida, monona, bien amarga.

En ningún momento intercambiaban palabras, ni un “qué frío”, o “qué hermosa noche”, o “vendría bien prender un sahumerio”. Silencio, puro silencio. Solamente se miraban entre ellos o al balcón, especialmente entre ellos, como si la vida dependiera de ello. Ni un beso ni un abrazo; sólo miradas. De vez en cuando se agarraban de la mano, muchas veces se reían (bajá la voz, che, que la nena está durmiendo), otras derramaban algunas lágrimas, pero nada más que eso.

Sólo fue aquella noche en la que no logré conciliar el sueño, sólo ese día oí que papá rebuscaba entre la pila de discos y mamá encendía un cigarrillo en el balcón.

Lo encontré, Leti, estaba entre los tuyos. Y bueno, dale, ¿qué esperás? Se oyó entonces el repiqueteo de la púa en el vinilo y un piano temeroso, lentamente perdiendo ese temor y mezclándose entre nosotros. Está un poco rayado, pero bueno, pasame un pucho, se disfruta igual. Desde la cama los observaba a los dos, hecha un ovillo; uno junto al otro, fumando y mirando más allá de los edificios, buscando algo, quizá. Sentía cómo el piano los envolvía, como si los acercara cada vez más, como si quisiera que estén así para siempre.

Mamá se volvió hacia la habitación sumida en la penumbra, alumbrada solamente por la luna, las estrellas y Kreisler. ¿Duerme la nena? Cerré los ojos abruptamente, aún sabiendo que apenas se distinguía la cama entre tanta oscuridad. Duerme, duerme, decía papá, el cigarrillo entre los dedos, el humo ascendiendo y dibujándose en el aire, hasta desaparecer bajo el cielo teñido de negro.

Sonaba Tchaikovsky y un asomo de jazz, probablemente el viejo de arriba que era medio sordo. Otra vez el tipo este, son las dos de la mañana, y justo cuando uno quiere escuchar tranquilo… Dejá, se está bien así, linda mezcla, ¿no te parece? No, no me parece, cuando cobre lo primero que voy a hacer es comprarle una ventana de doble cristal al viejo ese… Pará con ese malhumor y escuchá, que esta parte me gusta.

Aquella música empezaba a atraer el sueño, junto con la imagen de los dos tortolitos rodeados de humo. Fue en ese momento: se miraron. Duró un largo rato, como siempre que se miraban, mientras los cigarrillos se consumían solitariamente. Sentía cómo los ojos de papá la deseaban desesperadamente, como un sueño inalcanzable, hasta que finalmente se acercó, lento pero seguro se acercó a su boca, apenas rozándola.

Allí permanecieron unos segundos, como rememorando un acuerdo mutuo, aquel que no debía corromperse, diciéndose cosas con los ojos, muchísimas cosas, cosas que no lograba entender, como si estuvieran en otro idioma. Entonces se separaron y volvieron a sus cigarrillos y a Louis Armstrong desde la pieza de arriba y a eso que tanto buscaban, no sin que mamá antes preguntara:

—¿Duerme la nena?
—Duerme, duerme.

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