El diente que ríe

Por Pablo Kulcar

Es muy probable que en un determinado momento, casi un descubrimiento poco feliz, nuestra lengua perciba una irregularidad en el filo de algún diente. Desde ese preciso momento, ella (la lengua) recorrerá compulsivamente el lugar, por momentos con más fuerza intentando recomponer la iregularidad dental como si fuese posible, como si la textura fuera lo suficientemente blanda y flexible como para estirarse.

Desde donde estemos buscaremos un espejo con rapidez, mientras nuestra imaginación intenta reconstruir en imagenes mentales lo que estamos testeando, con una iniquidez científica. Suponemos que es un pequeño agujerito o una pequeña escalla, tal cual una pared con humedad y tiempo transcurrido dibuja de forma irregular donde antiguamente brillaban el color y la armonía.

Ya más aventurados procedemos a investigar con algo punzante e incluso intentamos extraer algo inexistente desde su interior, logrando sólo que lo que allí apareció sea cada vez mas ambiguo. Ya no sabemos si está el diente roto o es su interior el que está hueco o qué tiempo nos queda antes de que toda esa estructura que se muestra lastimada se derrumbe y la lengua recoja esos pedazos con lo que le queda de fuerza. Agónica, después de una inspección constante, para que se materialice el peor de los finales. ¡¡Debemos ir al dentista!!

La sala de espera nos invita a leer revistas viejas de espectáculos, o algunos folletos de publicidad, mientras en el consultorio propiamente dicho un paciente agoniza en silencio ante un sonido tenebroso y temerario. El torno. Este gira a mil revoluciones. Cada tanto descansa para dar lugar a las indicaciones de la dentista a su víctima, entregada a un sufrimiento silencioso y posiblemente indoloro, pero que no deja de pensar. Quiero tragar, quiero tragar. Ya no soporto. Que termine. ¿Qué está haciendo, si era sólo un agujerito?

Es finalmente nuestro turno, y tras una inspección breve, nos anuncian: Te voy a poner anestesia para poder trabajar. La mirada queda fija en la aguja. La vemos que con sádico placer se acomoda en la mano del profesional, y luego comienza su tarea. Los primeros segundos son llevaderos, pero ya casi al final, cuando el líquido hace su recorrido, nos concentramos fuertemente para no gritar o reprimir las incontenibles ganas de tirar todo a la miercoles y gritar ¡aaayyyyy!

La aventura de enfrentarnos al misterio, y al torno del dentista.
La aventura de enfrentarnos al misterio, y al torno del dentista.

La profesional hará todo tipo de maniobras. Nos pondrá un gancho para desviar la saliva. Esta se atorará en nuestra glotis y viviremos una incertidumbre sobre cómo no toserle todo eso en la cara. Un poco del torno, luego una serie de agujas punzantes que nos hacen sentir que es verdaderamente una operacion quirúrgica. Sentimos que aquel agujerito u hoyo, es ahora una línea directa a nuestra masa encefálica, al neocortex (en el caso que el problema sea en la parte superior de la boca) y sabemos intuitivamente que estamos ante un verdadero desastre del que sólo saldremos sin dientes. Ahogados por el agua de ese aparato. Tensos por el codo del doctor que nos pega en el ojo pero cuya seguidilla de órdenes acatamos casi de forma catatónica. ¡Abrí mas!; mantené abierto; hacéte un buche; ¡escupí!; girá la cara para mi lado; ¡¡poné la lengua del otro lado!!; etcétera, etcétera.

Confundidos, asistimos al final. La dentista recoge todas la herramientas que pasaron por nuestra boca, que está dura por la anestesia pero que así y todo no deja de presentarnos en nuestras imágenes mentales un verdadero pozo del que se ha extraído un tumor maligno. Que la radioterapia será todavía peor que todo lo vivido, y que la pasta con que lo selló es inestable e imposible de durar cuando intentemos deglutir un choripán para intentar volver a la vida.

El o la dentista, como orgullo y una displicencia de quien sabe lo que hace, con esa naturalidad que le conocemos, nos muestra un espejito y nos dice, ¡¡ya está, mirá!!

Allí en el interior de nuestra boca, muy a un costado, sobre la puntita de una muela, hay un pequeño arreglo que sólo es perceptible porque su color es más intenso que el del resto de los dientes que lo circundan. Todo aquello que imaginamos se derrumba en un pequeño arreglo que, pareciera, nos mira y se ríe. El muy desgraciado se ríe. La lengua hace una inspección y todo ha vuelto a la normalidad. Y ella suspira, sabe que podrás reposar un tiempo de la escalada frenética a la que la sometimos.

Tragamos saliva, bebemos del vaso de papel, y nos mostramos cancheros y distendidos mientras comenzamos a tocarnos con la mano la nariz que no sentimos y el labio que todavía está como muerto. De dentro de nuestra boca, una pequeña carcajada que viene desde ese costado. Pasamos la lengua y salimos a la vida con la seguridad de que nunca más volveremos a ser los mismos.

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