“El blues de Titi” aborda el machismo y la microviolencia desde el escenario

Por Luján Gassmann (lujangtv@gmail.com)

Edición: Florencia Romeo (florenciaromeo06@gmail.com)

Dos amigos, casi hermanos, que se enfrentan a una situación inesperada, con un pico y una pala inician un entierro y, entre palada y palada, Boris y Nilo, recorren parte de su historia. Hilvanan el presente con el pasado, en un entramado que aparenta ser muy simple y natural, pero a medida que avanzan los recuerdos, aparecen situaciones que los ponen en jaque.

En este recorrido, no hay que olvidarse de los detalles, porque el vaho sube rápido y lo podrido se hace oler. El malestar aparece y los cuestionamientos no faltan. La presencia de Violeta saca el velo a muchas situaciones incómodas y va a poner en riesgo la relación entre ellos.

«El Blues de Titi«, en definitiva, es una historia sobre el límite y la lealtad de los amigos, la complicidad que se da entre varones y un amor que no pudo ser.

Para conocer más de los detalles de la obra, El Café Diario dialogó con Flor Yadid, su directora, y los actores Martín Gallo y Natasha Zaiat.

Flor Yadid, directora, productora y parte de la Compañía de teatro Desenchufados.

¿Cómo fue dirigir esta obra? 

Flor: fue un gran desafío, «El blues de Titi» es una historia que no es lineal ni cronológica, sino que va y viene en el tiempo y eso requería de un armado en donde no se notaran tanto esas transiciones, que vayamos y vengamos sin que sea desde un apagón o un corte marcado, sino que vaya fluyendo ese paso entre el presente y el pasado. 

¿Por qué eligió esta temática y qué quiere contar con esta obra?

Es una temática que nos interpela, se pone en evidencia el machismo y la microviolencia, pero la obra no está contada directamente, sino que a medida que avanza se van dando indicios y cuestionando algunas cosas que generalmente se naturalizan. 

Una escena de la obra. Foto. Ignacio Verguilla.

¿Cuándo arrancaron a trabajar la obra?

Comenzamos en 2021, nos juntamos, empezamos a trabajar con el texto, después hicimos un parate en el verano de 2022 y nos volvimos a juntar marzo, abril, ya con ensayos más fuertes, periódicos y con una fecha de estreno.

¿Por qué eligieron el Teatro Jufré?

Nos pareció que la sala se prestaba para esto que queremos contar, ya que tiene una cantidad de público que hace que sea amena y a la vez no es algo tan grande que necesite de mucha producción. Es una obra de teatro independiente y todo está hecho muy a pulmón.

¿Cómo es su trabajo como actor con tantos flashback?

Martín: El personaje de Nilo es muy particular, a veces tenés que pasar de 0 a 100 muy rápido, pero con los ensayos le fui agarrando el mecanismo. Esto es un engranaje y creo que lo venimos haciendo de una manera que se entiende y que al espectador le resulta fácil de retomar. Digamos que el espacio, por su tamaño, se presta bien para eso, así que lo más complicado es cuando se vuelve en el tiempo para saber cómo estaba uno en ese momento anterior.

¿Cómo van trabajando esos episodios de microviolencia para que la gente se sienta interpelada?

La obra trata de la microviolencia que está instalada, también tiene momentos risueños, surgen frases violentas, pero muchas veces no sé cuestionan por el contexto. La gente se empieza a dar cuenta de que en esas situaciones hay mucha violencia. Entonces, a medida que avanza la obra, ya no se ríen tanto.

Es un trabajo de deconstrucción de esas situaciones que aparentan ser inofensivas.

Totalmente, cuando hablamos de microviolencia no necesariamente tienen que aparecer golpes, gritos, ni nada del otro mundo. Son situaciones de la vida cotidiana que muchas veces están naturalizadas. Por suerte, nosotros somos una generación que se encuentra en un punto de inflexión y empieza a cuestionar estas situaciones.

¿Utilizan el humor como un espacio de crítica? 

Sí, el humor es un gran recurso. Desde el humor se pueden trabajar muchos temas, en este caso el machismo, la complicidad entre amigos, el descrédito hacia la mujer y la microviolencia. A medida que avanzamos en la historia, la gente se va riendo menos, porque se da cuenta de que no es tan cómico.

¿Poder invitar a la reflexión es algo que se propone desde la obra o fue surgiendo con el tiempo?

Flor: si al salir te quedas un ratito charlando sobre la situación, sentimos que es una misión cumplida. No buscábamos que la obra tuviera una bajada de línea, nos interesa mostrar una situación y después que cada uno vea que le parece.

¿Se siente identificada con tu personaje de Violeta?

Natasha: sí, el hecho de naturalizar algunas cosas, como los varones van haciendo mella y al principio mi comportamiento les resulta un poco extraño y después, avanzando la obra, se dan cuenta de la magnitud que tiene eso. Lo que se evidencia es muchas veces la punta del iceberg, que va develando todo lo que hay por debajo. De ahí lo del entierro, como se va desenterrando y cuestionando cierto comportamiento o modos de proceder.

¿Qué le aporta esta obra?

Nos permite indagar sobre la lealtad entre los varones, sobre la conciencia machista, que es un tema que no he visto que se aborde mucho en obras de teatro y que es un núcleo fundamental para terminar de desarmar toda la estructura machista que está todavía muy presente. 

¿Qué destaca de la obra?

Es una obra distinta, ya que cuestiona y pone en evidencia este pacto que se da entre hombres y cómo se naturaliza esta microviolencia. Los pactos de silencio entre amigos y el trabajo de romper con eso, para que no sea sólo una tarea de las mujeres de forma aislada, sino desde lo colectivo. Si un hombre le para el carro al otro chabón, entonces el flaco «amigo», «hermano» va a advertir el comportamiento, eso también es parte del amor y la buena amistad, hay que encontrarle la vuelta ya que no da sostener el silencio, sino los malos modos y la violencia se sigue perpetuando. 

«El blues de Titi»

Teatro Jufré

Jufré 444, CABA

Domingos a las 16

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