De Ushuaia a Alaska, y varios kilómetros más, el recorrido de un argentino en un Torino

Por Guillermo Tagliaferri (guilletaglia60@gmail.com)

Edición: Florencia Romeo (florenciaromeo06@gmail.com)

Recorrer caminos, sin apuros y libertad, es el sueño de muchos. Algunos, como Héctor Argiró, actualmente de 46 años, se animan y se largan al camino para cumplir con esta aventura. Argentino, cartógrafo de profesión, Argiró se planteó unir los extremos del continente y manejando su Torino 380, modelo 1969, al que bautizó Balboa, manejó, en soledad, de Ushuaia a Alaska. Y agregó varios kilómetros de yapa. 

Nació en Tucumán y a los 6 meses se mudó con su familia a Buenos Aires. Las vacaciones para visitar a los parientes en su tierra natal eran constantes, y en una de ellas nació una pasión para toda la vida entre Argiró y el Torino. «Tendría 8 años, y mi tío Carlos nos llevaba al aeropuerto para tomar el vuelo de regreso.  En un momento aceleró y yo sentí toda la fuerza del auto en mi espalda y ahí dije: ‘Cuando sea grande quiero uno de estos’. Así empezó el amor por el auto«, dice el audaz conductor en una entrevista con El Café Diario.

La gran aventura, que todavía sigue vigente, tuvo como fecha de inicio el 24 de noviembre de 2016 y ya supera los 100.000 kilómetros. Donaciones, sponsors y la solidaridad de quienes ofrecen vivienda, alimentación y servicios mecánicos se suman a los ahorros propios para solventar a Argiró y su Torino, que andan por estos días recorriendo calles y caminos de Nueva York.

Por todas las rutas argentinas

¿Cuál fue el recorrido inicial, el punto de partida de este largo periplo?

Salí de Buenos Aires, en caravana a Córdoba, y de ahí a Ushuaia. Crucé a Punta Arenas, volví a Argentina, por la ruta 40 hasta Neuquén, volví a cruzar a Chile:  Temuco, y llegué a Santiago. Pasé a Mendoza, y continué hasta La Quiaca, para completar Ushuaia-La Quiaca. Y ahí me propuse pasar por todas las provincias argentinas. Fui a Santiago del estero, Chaco y Formosa, Después crucé la frontera a Paraguay y uní Asunción con Ciudad del Este. Volví e hice Misiones, Corrientes y Entre Ríos, y así el auto pisó todas las provincias. 

¿Cómo llegó al extremo del continente?

Pasé a Uruguay, hice la costa de ese país, crucé a Brasil también por la costa hasta Rio de Janeiro, después pasé por el Mato Grosso. Recorrí Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala, Belice, México, Estados Unidos, Canadá y llegué hasta Alaska, a Deadhorse y Prudhoe Bay, en el Océano Ártico. 

Argiró manejando su Torino en un pintoresco sector de Quito, Ecuador.
Foto: cuenta de IG @elmundoentorino.

Para esas fechas, marzo de 2020, estalló la pandemia de coronavirus. ¿Cómo lo afectó?

Desde Alaska, crucé todo Canadá hasta llegar a Montreal y ahí me agarró la pandemia, por eso decidí volver a Argentina. Dejé el auto en Toronto, en casa de una familia, y me tomé el anteúltimo vuelo a Argentina. Estuve en el país un año y medio. 

Alaska, extremo continental. Nieve y el Torino. Foto: cuenta de IG @elmundoentorino.

Regresó a Canadá a buscar el auto y seguir conduciendo. ¿En qué condiciones estaba el Torino, después de tanto tiempo guardado en una cochera?

En noviembre de 2021 volví a Toronto y estuve tres semanas reparándolo, por el tiempo que estuvo inactivo. Como había estado un invierno en el Norte y no quería sufrirlo otra vez, me fui a Miami. Conocí lugares que me interesaban, como la NASA, Daytona y Savannah en el estado de Georgia. Cuando mejoraron las condiciones climáticas, volví para el Norte, manejé hasta Nueva York, donde estoy ahora. 

Héctor Argiró y el «Balboa», en Wall Street, en Nueva York.
Foto: cuenta de IG @elmundoentorino.

¿Cómo continuará el viaje?

La idea es pasar por varios lugares, ir hasta Chicago y llegar a México. Ahí trataré de hacerle unos arreglos al auto. Lo afectó mucho el invierno en Estados Unidos, porque tiran sal en las rutas y calles para derretir la nieve y el hielo y eso hace que se genere oxido en el auto. Quiero arreglar eso en México y también el motor, que anda bien, pero está fumando un poquito, y quiero hacerle un cambio de aro y retenes. 

Las rutas de Europa, un objetivo a futuro

¿Y cuál será el próximo destino?

Me gustaría ir a Europa, embarcando el auto y recorriendo sus rutas. Es un plan que tengo decidido, aunque depende de muchas cosas si lo puedo concretar o no. 

¿Tiene un plan estricto de viaje o lo puede modificar de imprevisto?

Tengo lugares y destinos donde quiero ir, y después me voy adaptando a las circunstancias. Por ejemplo, cuando volví a Toronto, después de la pandemia, tenía pensado recorrer varias ciudades del norte de Estados Unidos. Pero, como dije, no quería pasar otro invierno tan duro. Y ahí me fui a Miami, con la idea de ir a Nueva York, siguiendo una línea recta. Pero si durante el camino me surgen invitaciones con ayudas, como ha ocurrido, para dormir, comer o usar un taller, yo las acepto. Siempre y cuando no me obliguen a desviarme tanto. Así, además, conozco gente y más lugares. 

El día que conoció a Maradona

Debe haber acumulado montones de anécdotas en tantos kilómetros transitados. ¿Alguna en especial?

Sí, muchas. Destaco cuando conocí al Diego. Fue el martes 30 de abril de 2019, uno de esos de esos días que todo sale bien. Al entrar a México nunca tuve la ruta definida 100%, se fue haciendo camino al andar, como dice la canción. Saber que el más grande estaba en Culiacán, Sinaloa, ayudó de manera determinante por dónde debía ir. Caminando, unas 20 cuadras, hasta una casa de repuestos para comprar un portalámpara para la luz de posición y stop izquierda, pensaba: «La idea de venir a Culiacán es para verlo al Diego y no estoy haciendo nada para lograrlo«. Regresé a la casa de Don Ernesto y Doña Esperanza, donde me hospedaba, y empecé a enviar mensajes por Instagram a Maradona y a sus allegados para ver si se podía dar el encuentro. Un iluso de mi parte.

¿No le respondieron?

No. Cambié la lámpara, me puse a acomodar el panel de la puerta derecha y decidí intentar, una vez más, regular el levantavidrios de esa misma puerta. Increíblemente quedó perfecto. Desde Tucumán, hacía 2 años, que arrastraba ese inconveniente y no le podía encontrar el punto, y lo logré. Pensé nuevamente: «Está saliendo todo bien, no puedo estar esperando sentado que me contesten un mensaje, debo activar. Me voy al estadio«. Fui al Estadio de Dorados, el equipo que tenía a Maradona como director técnico, y, preguntando a uno y a otro, me pasaron lugar y hora donde debía esperar. Faltaban dos horas, me fui y volví.

¿Ahí sí lo pudo encontrar a Maradona?
Empezó la vigilia a las 19.15, ansioso y nervioso. Nos dijeron que entre las 21 y 21.30 salía. Esas dos horas y pico fueron eternas. Nos cruzamos a empleados del club, miembros del cuerpo técnico y jugadores, todos nos tiraron buena onda. El asistente de Diego charlaba con alguien de seguridad hasta que ve a Balboa. Se acerca al portón del estacionamiento y pregunta: «¿Quién es el dueño?». Me acerco y me presento. Hablamos un rato y nos dice que esperemos un poco más que le iba a avisar a Maradona.

¿Cumplió, le avisó?

Así fue. Diego salió acercándose a su camioneta, y el asistente le dice en voz alta: «Diego, vino un Torino desde Argentina«. Siguió caminando a su camioneta y cuando está abriendo la puerta, mira hacia afuera y ve a Balboa. Cerró la puerta y encaró caminando hacia el portón. Verlo caminar hacia nosotros fue como si estuviese saliendo del túnel a la cancha. Cada paso que daba, el espacio se abría como el Mar Rojo. Cada paso que daba me envalentonaba más. Y pensaba: «Viene para acá porque vine en mi Torino» y se me inflaba el pecho. Estreché la mano de Dios, lo abracé con mucha felicidad y emoción. No me salían las palabras. Le agradecíamos y él nos agradecía a nosotros. No caía que estaba ahí y aún no caigo. Fotos, nos firmó las banderas. Hasta que nos despedimos, porque empezó a juntarse gente y él encaró hacia su camioneta para retirarse. 

Diego Maradona y un encuentro emotivo para Argiró, durante su paso por tierras mexicanas. Foto: cuenta de IG @elmundoentorino.

Los accidentes son una lamentable realidad que puede ocurrir estando al frente de un volante. ¿Tuvo algún problema en el recorrido? 

En Alaska, manejando desde Palmer a Glennallen, había mucho hielo en la ruta. Les puse clavos a las ruedas, pero igual había que andar con cuidado. A 70 millas de Glennallen, despisté e hice dos trompos y terminé encajado en el hielo. Primero paró una camioneta 4×4 y enganchamos una linga y se rompió. El conductor me ofreció llevarme a un pueblo cercano para alquilar una grúa. Le agradecí y lo rechacé porque no tenía plata para pagar un remolque y sabía que lo podía sacar con ayuda. En el siguiente auto venían tres chicas y no sabían cómo ayudar, pero me regalaron una pala. Me puse a palear y sacar nieve y hielo de abajo del auto. Después pararon un montón más. Y entre cinco personas, empujando el auto para adelante y para atrás y yo tratando de encender el motor, logré sacarlo. Me quedó una enseñanza: con tracción trasera en hielo hay que andar muy despacio, yo venía despacio pero no tanto como se debe. Y cometí un error, venia mirando el GPS y el teléfono, que estaban al lado del volante, me distraje un segundo y el auto empezó a patinar. Fue la bienvenida a Alaska.

El Torino, en el Monumento a San Martín, en el Central Park de Nueva York, con una bandera argentina pintada por Raúl Díaz, soldado argentino en Malvinas, y firmada por Maradona y por Alberto Cordero, miembro de la Misión Argentina en Núrburgring 1969.
Foto: cuenta de IG @elmundoentorino.