Darío Dubois, el rebelde inolvidable

Por Fernando Bersi

Quienes desde hace rato patean el fútbol de ascenso vieron de todo. Delanteros con la definición de una tevé a transistores, rejas a punto tragedia, promesas frustradas en la esquina, árbitros imposibles, defensores pesados como tío pasado de copas. Y vieron también, vaya privilegio, lo que no pudo ver ni siquiera el plateísta número uno de la UEFA Champions League: un futbolista carapintada.

¿Un ex Seineldín que cambió las botas por los botines? Nah, nada que ver. Aunque suene a bolazo, en 1998 Darío Dubois, zaguero central de Midland, metalero hasta las muelas, jugó 14 partidos con la cara pintada a lo Kiss. Cinco minutos antes de salir a la cancha, conseguía un espejo -le llegó a pedir prestado el vestuario a un árbitro- y le daba y le daba a los maquillajes. Cachetes y frente de blanco, ojos y boca de negro. Un Gene Simmons conurbano, en cortos y con el berretín de, en lugar de pollitos, pisar la pelota. “Me da mucha energía”, decía Dubois. “Y encima, hasta algunos rivales se asustan”.

Además de éste o de cualquier otro tuneo, como platinarse el pelo a la onda de Susana Giménez o caer a un vestuario antes de un partido con sobretodo negro y una cruz dada vuelta en el pecho, Dubois hizo callo en la memoria de muchos fanas del ascenso -sin importar sus camisetas- por ser, de pies a cabeza, teñida o no, con rulos o planchita, el jugador más rebelde que alguna vez haya pisado una cancha.

En el mundillo del fútbol, donde muchos cacarean hasta que se prende un grabador, El Loco -imposible otro apodo-, no tuvo empacho en denunciar a los cuatro vientos cuanta mugre descubría su alrededor. Luchó por la defensa de sus compañeros, se enfrentó a empresarios que intentaban aprovecharse de la necesidad de los jugadores, acusó a un dirigente rival -no al tun tun, sino con nombre y apellido- de querer coimearlo, y hasta le manoteó 1.500 pesos a un árbitro en pleno partido. Dubois, más que ninguno, fue una patada en las pelotas del establishment futbolero.

Nunca la tuvo fácil, El Loco. Se crió en Villegas, un barrio pobre de La Matanza, en una familia numerosa, con más necesidades que ingresos. Se formó en las divisiones inferiores de Nueva Chicago pero debutó en el primer equipo de Yupanqui. Luego pasó por Lugano, Midland, Riestra, Laferrere, Cañuelas y Victoriano Arenas. Como ve, todo ascenso clase C y D. A la par del fútbol, para ganarse el pan hizo un poco de todo: sonido en eventos musicales, trabajó en una fábrica de lamparitas y vendió sahumerios en la calle. También hizo en lo de Tinelli de doble de Iván Noble, el cantante que popularizó el hit “Avanti morocha”.

“Lo conocí por seguir el fútbol de ascenso y por amigos en común. Un muchacho muy trabajador y sano. Nunca le vi tomando alcohol. Recuerdo que en una final por mantener la categoría entre Victoriano Arenas y Liniers jugada en Villegas, a Darío lo putearon durante todo el partido. “¡¡Sos del barrio, andá para atrás hijo de puta!!”. Lo volvieron loco y así todo fue uno de los mejores juegos de su carrera. Al final lo aplaudieron todos“, dice el periodista Marcelo Massarino. “Darío siempre fue un tipo noble, leal con sus amigos, con todos los grupos que integró y principalmente, con sus convicciones”.

Más que payasada, pintarse la cara era una gesta política. Recordemos, en aquellos años, por ejemplo, que Daniel Pasarella, entrenador de la selección nacional, no citaba jugadores con pelo largo, arito y mucho menos, gays.

El fútbol es muy fascista,  todos tienen que usar pelitos cortos, bien empilchaditos (vestiditos) y todo eso. Yo por entonces escuchaba (heavy) metal satánico de Finlandia, Noruega. Andaba re croto (zarrapastroso), re sucio, con cadenas, tachas y toda esa historieta. ¿Fue muy loco, no? Venían los canales de TV, desde los más burgueses a los más chicos. Yo sólo movía mil personas“, recordaba tiempo después Dubois en una entrevista radial.

Las pinturas no se me iban porque eran muy buenas, me las habilitaba una novia que tenía que era medio travesti. Digo medio porque el ambiente del fútbol es remachista. A mí me encantan las travestis, los homosexuales, las mujeres. Como dice un amigo: con tal que tenga pelo es un cepillo, jajaja”. En total, jugó 14 partidos con la cara pintada. De un día para el otro, sin mucha explicación, la AFA se lo prohibió.

Contaba siempre, El Loco, que el fútbol mucho no le gustaba, que lo hacía porque era muy competitivo, que le permitía estar entrenado y le dejaba algo de plata para poder hacer música: su verdadera pasión. Fue parte de varias bandas. Una, Tributo Rock -hacían covers de Vox Dei-, la armó con futbolistas del ascenso. Otra, Crahs, con pibes del barrio El Tambo. Dubois tocaba el bajo y hacía los coros. Más allá de que nunca pudo estudiar andaba bien con la música. Los que le conocieron dicen que tenía muy buen oído.

Ya de cachorro mostraba los dientes. En la temporada 1995, el auspiciante de la camiseta de Lugano le había prometido al plantel 40 pesos por partido ganado. En un momento, el equipo llevaba 3 triunfos al hilo y la plata no aparecía. Dubois caminaba por las paredes. “El sponsor se nos está cagando de risa en la cara, decía”. Para el siguiente encuentro, El Loco -con un año en primera, no vaya a pensar que ya era un capanga (líder, jefe) de la categoría- en represalia había decidido taparse la publicidad con una cinta aisladora negra. El tema es que a último momento se la olvidó. “¿Y ahora qué hago?”, pensó. Al salir a la cancha, como había llovido mucho, mientras simulaba persignarse, se llenó la camiseta de barro. Extraordinario.

Un año después, también en Lugano, se mandó otra que nadie olvida. Hacía rato que los jugadores no veían un peso, les prometían, les prometían, pero el dinero no aparecía. Entonces, después de una charla en el vestuario con sus compañeros El Loco encaró a los dirigentes: “si no aparece la guita, con Sacachispas no jugamos”.

Recién sobre la hora de comienzo del encuentro, en un remís, allegados al club arribaron con la plata. Hasta acá, moneda corriente en el fútbol de ascenso. Lo curioso vino después. Al partido siguiente, el técnico, presionado por los directivos, como castigo por su actitud, dejó a Dubois en el banco de suplentes. El tema fue que a cinco minutos del final, con Lugano perdiendo 5 a 0 con Claypole, al DT se le ocurrió mandarlo a precalentar. ¿Perdemos por goleada y me va a meter a mí que soy defensor?”, “¿Este tipo me está cargando?”, maquinó El Loco, hasta que se sacó la camiseta y se la tiró en la cara. Como se imaginará, se pudrió todo: El técnico y los ayudantes lo corrieron por toda la cancha.

Darío era muy atípico, por ejemplo no comía carne roja. Una vez le mostramos a un periodista unos videos caseros de cumpleaños familiares y se quedó con la boca abierta. No hacía un personaje, no actuaba, Darío era así, naturalmente“, cuenta Alejandra, hermana de Dubois. “Lo que sucede es que como le divertía mucho llamar la atención, inventaba o hacía cosas para que los medios hablen de él. Un día en pleno partido simuló un ataque de epilepsia. En otro, mientras estaba en el banco de suplentes, se puso anteojos de sol para verlo”.

Si quedaban dudas de que Dubois las tenía bien puestas, las ideas, claro, en 2003 mandó preso con pito y cadena a un dirigente rival e importante político de la zona. Una tarde, antes de un partido, el presidente de su club se presentó en el vestuario y les comunicó que su colega del equipo que iban a enfrentar les daba 10.000 pesos si se dejaban ganar. Dubois estaba furioso, hacía rato que no cobraban y querían aprovecharse de eso. Junto a otro jugador de experiencia convencieron al resto -algunos jugadores no tenían ni para viajar- de rechazar la oferta. Una vez terminado el partido, lo primero que hizo Dubois fue buscar los micrófonos: “Juan José Castro, presidente de Juventud Unida, nos ofreció plata para perder, para que ellos ganen y él pueda entrar en una reelección de San Miguel. Jugamos gratis e igual queremos ganar. Rata inmunda”.

Darío Dubois, rebelde inolvidable.
Darío Dubois, un rebelde inolvidable. (Imagen, cuenta @mundoDcomar en Twitter)

Hablando de dinero, Dubois protagonizó en 2001 la anécdota más desopilante que alguna vez haya sucedido sobre un terreno de juego. Midland jugaba con Excursionistas en el Bajo Belgrano. A los pocos minutos de partido, después de cometer una segunda infracción, el árbitro Juan Carlos Romero le expulsó tras mostrarle otra tarjeta amarilla. Al hacerlo, con la cartulina, del bolsillo cayeron uno billetes, unos 1.500 pesos. El Loco, ni lerdo ni perezoso, se agachó, los tomó, y salió corriendo. Recién lo alcanzaron en la manga. “Esto es el premio que me sacás por haberme echado, hijo de puta”, le dijo Dubois al colegiado, dando a entender que esa plata la había recibido a cambio de bombearlos, de arbitrar a favor del rival. “Al final se la terminé devolviendo porque si no me daban como veinte fechas (de suspensión)”.

El Loco soñaba jugar hasta los 40. Pero en 2005, cuando tenía 34, el destino le empezó a jugar en contra. Jugando para Victoriano Arenas se rompió los ligamentos y el club, como suele pasar en la categoría, no se hizo cargo de la lesión. “Me mandaban a todos los hospitales públicos de Avellaneda. Y ahí no sabés quién te toca. Yo necesitaba un especialista”, decía Dubois. “Si me agarraba uno de los que están haciendo la residencia me dejaba la rodilla de nuca”. Nunca más se volvió a poner  los cortos.

En 2008, las cosas se pusieron aún peor. A la salida de su trabajo de sonidista, frente al barrio Puerta de Hierro, dos muchachos se le acercaron y después de murmurarle algo le gatillaron tres veces. Una bala le perforó una pierna y otra el estómago. La tercera rozó su cabeza. Más allá del esfuerzo de los médicos del Hospital Paroissien, quince días más tarde, falleció. Los medios dijeron que había sido herido en un intento de robo. Pocos lo creyeron. Algunos familiares sostienen que al Loco lo fueron a buscar por una bronca que tenían con una persona de su confianza. La causa judicial nunca avanzó.

La noticia de su muerte generó una ola de homenajes. Se organizaron para recordarlo recitales multitudinarios. Dos músicos argentinos, en agradecimiento a sus valores, acordaron llamar a su grupo Darío Dubois Dúo. Revistas como las Rolling Stone de Panamá y Ecuador le dieron espacio a sus andanzas. Aun hoy, a más 10 años de su muerte, sus familiares y amigos siguen recibiendo llamados de periodistas preguntando por El Loco. La muerte de Dubois, como la de cualquier fuera de serie, lejos de apagar su historia, la hace eterna.

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