Croacia, tierra de belleza y huellas de guerra

Por Pablo Kulcar

Mi papá y mi tío eran croatas. Llegaron juntos a la Argentina como emigrantes cuando tenían alrededor de 20 años, sin nacionalidad existente. Su país, Croacia, ya no era independiente y formaba parte de lo que fue la república yugoslava, por lo tanto eran parias sin nacionalidad reconocida. En ese contexto mundial eran elementos a repartir entre las naciones que los aceptasen. Argentina los aceptó y por suerte se instalaron. Se casaron con dos hermanas (mi mamá y mi tía), formaron sus respectivas familias. De dichas uniones somos producto tanto mi primo Fabián como yo. La enfermedad de mi padre nos hizo estar en determinado momento en Austria.

Lamentablemente falleció y nos vimos enredados en una serie de trámites que exigían casi unos quince días de espera para poder terminar con dichos requisitos. Allí fue donde decidimos un día ir a esa tierra natal enigmática, tan presente en los relatos paternos, y darnos una caricia melancólica de pasado. Teníamos el dato del pueblo donde había nacido mi tío y exactamente sabíamos que su padre había sido un farmacéutico importante (para esa época era visto casi como médico), por lo que elegimos ir primero a Zagreb, capital de Croacia. Alquilar un coche para luego buscar Kostajnica, pueblo alejado, limítrofe con la sufrida y actual república de Bosnia.

El viaje

Decidimos viajar en tren. Desde Salzburgo, Austria, salía uno a las 11 de la mañana. Era bastante rústico por no decir viejo, pero como todo en este país, estaba impecable. La salida de Salzburgo nos llevó a un bosque en el que la nieve había tapado todo. Los árboles tenían sus copas abarrotadas. Los techos de las pequeñas granjas también.

De Salzburgo a Zagreb (vía Alemania) tuvimos que pasar primero por Eslovenia, una de las repúblicas que conformaron la República Federativa de Yugoslavia. Solo su estación, nos demostró que allí el tiempo deja huellas cuando pasa. Estaba llena de gente. A simple vista eran trabajadores. Vi muy poco lujo. Casi ninguno. Las ropas se parecían demasiado a los rostros. Vimos a lo lejos cantidades de vagones y locomotoras, todas de la década del 50, de color plateado y ya sin la obsesiva pulcritud austríaca. Cuando el tren arrancó volvimos a ver desechos al costado de las vías, y lejos de la imagen perfecta del campesinado austríaco. Las granjas eran viejas, los terrenos que las rodeaban, más bien pequeños. Los tractores tenían algo de óxido, y los dueños estaban alimentando sus animales o trabajando con lo que se veía herramientas usadas. Así y todo me dio cierta envidia. Se los veía reales, vivos y, sobre todo, autóctonos.

La guerra de Yugoslavia se desarrolló de junio de 1991 a Septiembre de 1995. En ella murieron unas 130.000 personas aproximadamente y dos tercios de su población fue desplazada de sus hogares. Se cometieron innumerables atropellos a los derechos humanos, incluidos torturas y violaciones. Para 1990 cada república de las que conformaban la federación Yugoslava se había trazado como destino la independencia. La escisión se formalizó con la negativa de Croacia y Eslovenia a participar del poder militar central, y dado que este se encontraba en Belgrado, capital de Serbia (otra república de la ex Yugoslavia) la mayor parte de este poder quedó en manos de los generales serbios (todas las armas y los puntos militares de importancia.) Esta comenzó su ofensiva militar atacando a Eslovenia (en el límite con Alemania) pero por suerte para ellos, su intención duró solo 10 días y se retiró. Su objetivo verdadero era Croacia.

Croacia (al fin)

La frontera con Croacia nos emocionó. El primer tramo está lleno de fábricas enormes. No podía dejar de pensar en la cantidad de operarios que tenían trabajo allí dentro. Si bien las más grandes las habíamos dejado atrás, en Eslovenia, aquí el panorama era el mismo. Granjas chicas, pueblos de campesinos pequeños, muy cerca unos de otros, todo era tan artesanal como una mirada a un pasado muchas veces doloroso.

Llegamos de noche a Zagreb, el último tramo el tren bordeo por un rato largo un río que viajaba entre pequeñas montañas y tenía una velocidad que impresionaba, sobre todo su ruido. La estación me pareció de una arquitectura similar a la de Constitución, en Argentina. Al salir, lo primero que vimos fue un trencito del tamaño de la mitad de nuestros subterráneos, que corría al nivel de la calle. Muy nuevo y elegante, repleto de lo que parecían ser empleados terminando la jornada (luego averiguamos que un solo boleto te lleva el día entero por todo su recorrido). Caminamos hacia el hotel sin ninguna sensación de inseguridad.

Habíamos elegido el Dubrovnik que estaba en pleno centro y pedimos una habitación para no fumadores. A la mañana siguiente, Fabián se ocupó de alquilar un auto. Debo reconocer que su dominio del inglés fue un arma sustantiva e indispensable para que las cosas no sólo sean vistas, sino los relatos traducidos y escuchados. Antes de retirar el coche hizo un llamado a una persona muy importante en esta historia, Daniel Pavlic.

Daniel Pavlic vive en el pueblo de Kostajnica, había contestado un pedido de mi primo por mail, buscando información de la familia Van der Werth, que fuera dueña de la farmacia del lugar y que se desmembrara con la ocupación nazi. Daniel es un veterano de la última guerra de la independencia. Es también secretario de cultura de la ciudad de Sisak, a pocos kilómetros de allí, y maneja todo lo referente a temas históricos, culturales o la realización de eventos en el pueblo. Pero, sobre todo, es dueño de una hospitalidad y un buen humor acordes con su juventud e inteligencia.

Kostajnica es una antigua y pequeña ciudad que fue durante el imperio francés de Napoleón un eslabón importante entre este y oeste, debido a su posición fronteriza y a la instalación de una aduana. Al final de la segunda guerra mundial fue bombardeada por los norteamericanos. Durante la guerra de disolución del estado yugoslavo, gran parte de su población fue expulsada o asesinada por rebeldes serbios, que la incorporaron a lo que se llamó República Serbia de Kranija (grupos de asentamientos serbios en territorios croata). Una característica de esa guerra fue la destrucción de casas y edificios que formaban parte del patrimonio cultural de la región que se invadía, por lo que las marcas del odio y la muerte están en todas las puertas y ventanas que pudieron quedar de pie.

Habíamos dejado atrás las enormes avenidas Croatas y los edificios en forma de monoblocks que caracterizan los suburbios de Zagreb (legado de las administraciones del régimen comunista), pero todavía no nos topábamos con ninguna zona realmente empobrecida. La fisonomía de la ciudad había cambiado. La capital tiene esa arquitectura característica de Europa, pero mucho más marcada por la vida y el desgate de lo cotidiano. Las autopistas se fueron convirtiendo en rutas angostas y proseadas. El camino dejó la planicie y se fue modulando. Hacia arriba y hacia abajo, en una interminable secuencia de subidas y bajadas. El auto de alquiler amortiguó como pudo la nueva geografía tercermundista croata, tan lejana y tan cercana a nuestras realidades.

La historia de una familia marcada por la Guerra de los Balcanes, y su destino. Una lectura conmovedora.
La historia de una familia marcada por la Guerra de los Balcanes, y su destino. Una lectura conmovedora.

El pueblo

El pueblo estaba cerca, ya que la ruta, cada vez más deteriorada, parecía querer esconderse entre terrenos un tanto abandonados. Comenzaron a aparecer las casas. Al principio solo una pocas, casi destrozadas. Luego más y más, y por último, las primeras calles. La vista era impactante. Las viviendas estaban en su mayoría con todas, y bien digo, todas las paredes marcadas con disparos de distintos calibres. Era imposible no imaginar las armas disparando y del otro lado personas corriendo o cayendo. Fabián tuvo que desacelerar la velocidad y apagar la radio. Después de tantas historias, la guerra estaba frente a nosotros. Muda de sonidos y viva en imágenes. Algunas de las casas tenían partes que se habían comenzado a reparar, pero en general estaban deshabitadas. Una al lado de otra, con los escombros en el piso, las ventanas tiradas y esparcidas en pedazos, los techos a veces completando su desnudez y otras aguantando heroicamente, un final que no llegaba.

La casa de Napoleón

Finalmente llegamos, recorrimos muy despacio la ruta que bajaba en picada, y vimos a unos pocos metros el auto de Daniel. Lo primero que nuestro anfitrión hizo fue explicarnos que el pueblo estaba dividido en dos partes. Una era ese pequeño centro, donde había un típico bar con TV, maquinas tragamonedas (están en casi todos los bares), el correo, oficinas y comercios. En una esquina llamaba la atención un terreno vacío y en él, una especie de lápida recordatoria. Los soldados invasores, en su afán de romper lazos culturales, durante una tarde muy recordada se entretuvieron disparando contra lo que era un monumento histórico y sublime para Kostajnica. Más tarde un mortero evaporó solo la parte física de ese emblema. Hoy, un pedazo de tierra, bien arreglada, con una placa, mantiene ese lazo con la historia: Aquí estuvo la casa que perteneció al emperador Napoleón Bonaparte.

La farmacia

La otra parte estaba detenida aún en las luchas de 1991. Una enorme iglesia había sido reconstruida. A su lado, un edificio se derrumbaba sobre sí mismo. Tenía un enorme agujero en el techo, producto de algún impacto. Adentro, una mezcla de sillas, cemento y hierro. La callecita era muy pintoresca, los adoquines tenían marcas de todo tipo. Seguimos, y subiendo despacio, rodeados con la misma imagen de destrucción, entre casas arrumbadas, sin decirnos nada, sólo parábamos en cada una a leer algún nombre o inscripción que pudiera traducir en datos o emociones esas escenas macabras, envueltas de violencia tácita que no terminaban de lastimar. Después de recorrer solamente dos cuadras, llegamos a un terreno limpio, sin escombros, sin maderas, casi sin guerra. Daniel paró, miró a mi primo, y señalándole con el dedo el piso dijo: “Aquí estaba la farmacia”.

El objetivo de los generales serbios pasaba por Croacia y en julio del ’91 comenzaron una agresión con el objetivo de apoderarse de las zonas croatas habitadas por pobladores serbios. Las milicias que hicieron la resistencia estaban mal armadas y resistieron algunos meses. Cuando finalmente cayeron, las ciudades habían sido destruidas en un 95%. La guerra se hizo más compleja cuando serbios y croatas se disputaron el territorio de Bosnia, república con población en su mayoría musulmana. Dicho territorio no era étnicamente puro. Sus mezclas eran muy irregulares. Esto determinó a las autoridades serbias a ejecutar su plan de limpieza étnica.

La misma se realizó en todos los enclaves que los serbios reclamaban para sí a través de las fuerzas regulares y de grupos mercenarios como los Chetniks y Tigres de Arkan. Estos paramilitares peleaban por la patria y el botín, ya que su paga era el robo y el saqueo. La guerra se hizo más sádica e irracional, muchos se quedaban ante el avance de los enemigos sin imaginar el grado de crueldad que toda la situación había generado. Del lado croata, grupos paramilitares como La unidad de Garibaldi, hacían su negocio. Del serbio, además de los ya nombrados, rusos desempleados ayudaban en las tareas de “limpieza”.

Caminamos por la misma calle cuesta arriba y Daniel comenzó a relatar lo que sabía de esa farmacia. Cuando terminaba la Segunda Guerra Mundial, el abuelo de mi primo, que era activista político nacionalista (se lo denominó Ustasha) tuvo que escapar al enterarse que el ejército que estaba por liberar la zona no era el norteamericano, sino las milicias partisanas del Mariscal Tito, que luchaban en la resistencia. Cuando estos recuperaron Croacia, su ideología política era pro soviética, por lo que desconocieron inmediatamente la propiedad privada, y la farmacia y todo el edificio pasaron a manos estatales. Se eligieron entonces combatientes a quienes premiar por su lucha, y ese lugar le fue dado a una mujer que había peleado valientemente contra los nazis. La mamá de Daniel.

Antonia

La señora tiene alrededor de 80 años, se llama Antonia y estaba sonriendo alegremente por la novedad de ver dos extranjeros buscando un pasado, en el que ella tenía un lugar importante. El encuentro fue en el hotel Central, de la misma cantidad de años que Antonia. Nos sentamos en un salón bien antiguo y nos dimos las manos. Los relatos llegaron en el tiempo hasta mi tío de pantalones cortos, pero los más vivos eran de Silvek, su hermano, quien no pudo escapar como su familia y se tuve que quedar allí por un largo tiempo.

La charla fue realmente emocionante. Escuchar de los propios protagonistas situaciones que alimentaron mi conciencia imaginaria, me provocó una fascinación casi religiosa. La señora gesticulaba intentando poner orden a sus recuerdos. De joven, ella repartía limones y recibía propinas del farmacéutico. Las piernas largas de Silvek, “el tío que no pudo escapar”. La valentía y la decisión que tuvo cuando se escondió en las afueras del pueblo y esperó la hora de la lucha.

Inexorablemente, en todos los casos existe un punto de inflexión, donde el relato no produce más placer, sino todo lo contrario. Y ese punto específico es la muerte. Las pérdidas, los detalles del miedo por sus hijos, y la anarquía moral que se había adueñado del momento para sobrevivir, instalaron un silencio. Detalles del último conflicto se le mezclan con los de otros tiempos. Uno entonces entiende que las imágenes que están apareciendo en la memoria son horribles.

Nos queda terminar el café y ver en su rostro el de todo un pueblo intentando superar el miedo a que todo comience de nuevo. Nos despedimos con abrazos y besos, y debo ser sincero. Sentirla emocionada abrazándonos, reafirmando un vínculo que se había creado tan solo por ser productos de una vida que tuvo que sortear a fuerza de entereza, nos conmovió profundamente.

La farmacia ya no existía. No había planos, ni dueños. Sí fotos y una receta que le regalaron a Fabián como un tesoro a custodiar. A la noche, durante la cena, Daniel relató sus experiencias en aquellos días, pero a decir verdad, lo que más nos entusiasmo fue encontrar algún dato de Silvek, “el tío que no pudo escapar”. Aunque eso, por ahora, será parte de otro viaje.

La Guerra de los Balcanes comenzó a terminarse el día en que los norteamericanos decidieron bombardear Belgrado, capital de Serbia, sólo durante una semana, y obligándola a pedir un alto el fuego. La paz se firmo en París en septiembre de 1995. La situación en el terreno se había racionalizado. En otras palabras, la limpieza étnica había concluido. Por suerte, todos estos intentos no logran ningún objetivo que se asemeje a una limpieza. El dolor, el vacío, la frustración de miles de futuros impregnados en los restos de paredes como huellas de disparos, nos hacen soñar con que no sea una tregua. Que la estupidez humana tenga alguna fisura y por ella se cuele la vida.

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