Aquí descansan

Por Luciano González

La única certeza real de todo lo que vive, es que la muerte le llegará. Un recorrido por el cementerio general un día de “romería” en Santiago de Chile llama la atención. En el lugar se levantan lápidas de importantes personajes de la historia, célebres por su obra y su legado, así como de peones de campo, amas de casa y vagabundos identificados como “N. N.”, denominación que comparten con los ejecutados políticos de la última dictadura, la mas cruel que recuerde el país trasandino.

En cada una de estas lápidas y ornamentados mausoleos, las familias tratan de dejar un gesto para sus seres queridos que ya no están, algunos son dueños de un ingenio total, otros recurren a lo clásico, una frase del cliché, un adorno que ancle a esa alma a este mundo. Etcétera.

Entre esta bataola de cosas que podrían destacarse, entre cientos de lugares comunes para elegir uno reza “Aquí Descansan“. Aquí descansan por fin, después de tanto andar esta vida de desafíos y de lucha. pero, ¿qué descansa ahí?, la frase continua con un lapidario “los restos de…“.

Esta frase no viene más que a confirmar el esfuerzo que ponemos día a día por llevar esta vida, y que cuando nos vamos después de darlo todo, sólo quedan nuestros restos para enterrar.

“Aquí quedan mi militancia y mi lucha. Mis pañuelos y mis ideales. Mi partido y su candidato. Mis vecinos y su pasto verde. El auto nuevo y el Rolex. El pan que no compartí por egoísmo. El pan que pedí para no morir de hambre y no apurar la inscripción en mi lápida. Todo. Sólo me llevo la conformidad de mis ideales, la satisfacción de la militancia y mis luchas. El recuerdo de mi pasto seco, el sabor de ese pan que me dio un día más de vida. El recuerdo de haber vivido la vida sin un Rolex que controle mis tiempos. Y el camino recorrido a pie, sintiendo siempre una nueva piedra en el zapato, pero parando para sacudirla y seguir adelante”.

Un paseo por el Cementerio Bajos de Mena en tiempos de desasosiego llama a la reflexión. (Foto: Luciano González)
Un paseo por el Cementerio Bajos de Mena en tiempos de desasosiego llama a la reflexión. (Foto: Luciano González)

Recorrer estos lugares hace pensar en uno mismo. En el temor a la muerte, como temen muchos otros. ¿Qué podrán en mi lápida cuando yo no esté? Recurrirán tal vez a los clásicos “no quiero llantos“, “que me digan ahora que estoy vivo lo que me quieran decir“. Pero, ¿quién es uno para decirle a los demás que no lloren? que lagrimeen, que se desahoguen. De pena, de rabia, de bronca. De alegría, quizá, por que los restos de uno ahora descansan. Estaré, con su Dios o con el mío, pero estaré.

Tal vez mi tumba no sea más que un lote de 1×2 metros, cubierto de pasto silvestre con una vieja lápida con un nombre y dos fechas, como muchas que vi en los pasillos de los “Campo santos”. Quizá un gato venga a dormir al regazo de la reja, o acaso solo sea una placa de cemento con mi nombre en un elegante y verde prado, alentando el negocio de los “Cementerio Parque”. No lo sé. ¿Será que acabaré en un “monoblock” de nichos apilados uno sobre otro, en un espacio de 50×50 cms, en el que el de arriba comienza a caer encima del de abajo?

Desde que la muerte se convirtió en un negocio, más uno le teme, por que dejará mas que los restos. Dejará la responsabilidad a los “deudos”, de hacerse cargo de la deuda que conlleve el viaje. Pagarle a los buitres que se llevaran esos restos míos a la funeraria para maquillarme o para cremarlos, y todo eso, mientras alguien sufre el duelo de una pérdida.

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