Un negro en el Ku Klux Klan

Por Toto Plibersek

Un judío y un negro entran en el Ku Klux Klan. No, no es el inicio de un chiste racista y antisemita. Es, en resumidas cuentas, el argumento de BlacKKKlansman, el nuevo trabajo de Spike Lee nominado al Premio Oscar a la mejor película.

La trama es muy sencilla. Ron Stallworth (John David Washington) es un afroamericano que sueña con ser agente de policía en la ciudad de Colorado Springs, en el sur de Estados Unidos. Una zona del país que siempre se destacó por su racismo. No hay ningún policía negro en la ciudad; sin embargo, el puesto se lo dan apenas se presenta, con la mira puesta en cambiar las cosas. Ron es ambicioso y busca hacerse una carrera trabajando en inteligencia.

A pesar de ser un novato, lo mandan a infiltrarse a una reunión de los Panteras Negras. Allí conoce a Patrice Dumas (Laura Harrier), una universitaria que milita en pos de la revolución racial. Una mañana está leyendo el diario cuando ve un anuncio del Ku Klux Klan. Se le ocurre llamar para pedir información haciéndose pasar por un supremacista blanco, le creen y lo invitan a una junta. Pero hay un problema. Ron no puede ir porque es negro. Forma entonces dúo con Flip Zimmerman (Adam Driver) quien se hace pasar por él en las reuniones. Flip es judío, pero los del Klan no lo saben.

BlacKKKlansman. John David Washington en el papel de Ron Stallworth.

El cine de Lee suele abordar la temática racial desde un punto de vista original, extraño, cuasi surrealista. BlacKKKlansman no es la excepción. Así como en Do The Right Thing, otra vez el protagonista es un muchacho jóven que no conoce del todo qué es lo que pasa con su vida, y está perdido en el mundo del conflicto entre las razas. Ron es negro y está orgulloso de serlo, pero su orgullo se canaliza de una forma diferente al del resto de los negros que se ven en el film. Busca estar en el sistema, no derrotarlo. No hay misterio, no hay violencia, no hay crimen, no hay tensión. Todo condensa en un final minado de representaciones, que busca acercar la idea de que podrán haber pasado 50 años, pero las cosas siguen igual. La violencia es violencia, y Estados Unidos sigue siendo un país racista. Aún cuando hayan nominado a esta película a los Oscar.

Meterse en el mundo de Lee es meterse en el mundo de las representaciones, de la violencia racial en su expresión más animal, en la incoherencia del odio, en el crimen injustificado. Las estrategias narrativas de Lee para hacerlo siempre son originales y esta vez también se lució. Sin embargo, el final deja un poco de sabor amargo en la boca; o más bien, no deja ese sabor amargo que Lee suele dejar, endulzando las cosas cuando busca complacer al sentimiento del “todo salió bien”.

Spike Lee rompe el maniqueísmo cuando de violencia racial se trata. No hay un opresor y un oprimido. Más bien un opresor, un oprimido, y un tercero que se encuentra en el límite entre ambos. Quizá es la expresión de la coherencia o la apatía, la víctima resultante de los dos primeros, que se baten a duelo. Este personaje, que no es más que la proyección de los sentimientos de Lee en el film, siempre es representado como ese hombre joven que sólo quiere vivir y no le dejan, y pide por favor que dejen de pelearse.

Lee no puede escapar del “black pride” (orgullo negro), aunque tampoco lo intenta. Flip, que podría haberse utilizado con una carga mayor de simbolismo, casi ni se luce. Es más bien un guiño cuasi cómico que una representación real. Lo que a Lee le interesa no es hablar de antisemitismo, sino de racismo. Flip es casi un personaje más. La máscara del negro que se venga con su astucia.

Podremos cambiar las cosas, podremos sentar precedentes, podremos infiltrarnos en el Ku Klux Klan, pero para Spike Lee los negros siempre serán negros y los blancos siempre serán blancos. Y acaso no para Lee, sí para el racista estadounidense. Ron, la imagen de la mixtura de razas, busca creer en ese futuro prometedor pero Lee insiste en que las cosas no pueden ser así, que no son así, y que la realidad es violenta, dura e intolerante.

Patrice tiene razón. Los blancos nunca van a ceder el poder, aunque lo quieran hacer creer. El cambio cultural es la antesala, y eso todavía no ha sucedido. Acá no hay Martin Luther King que valga. Ron elige no creerle y Lee se encarga de mostrar que ambos están en lo mismo. Podrás ser un rebelde universitario o un oficial de policía servil de la clase blanca dominante, pero si sos negro, para el racista estadounidense sos el color de tu piel.

El ciclo se repite. Una y otra vez.

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