Vivimos en una sociedad de rendimiento

La Lic. Débora Blanca propone un ejercicio de pensamiento para comprender que la salud mental requiere de un cuestionamiento respecto de los mandatos de la época y su empuje al consumo.

El consumo desmedido puede ocasionar adicciones. (Foto pxhere)

El consumo desmedido puede ocasionar adicciones. (Foto pxhere)

Por la Lic. Débora Blanca

Qué hacer con el empuje al consumo, la inmediatez, las dificultades para definirnos y decidir, la intolerancia a la frustración, la oscilación permanente entre el éxito y el fracaso.

Nos sentimos obligados a encontrar satisfacción en todo lo que hacemos, y además, rápido. Nada de esperar, de dar tiempo de cocción a lo que queremos. ¡Lo queremos ya! Porque, de otro modo, estaríamos fallando.

Se trata de vivir enseguida y se hace visible el contraste entre el desencanto y la monotonía de la gente, con el optimismo tecnológico y científico. Fascinación autohipnótica de las imágenes y lo artificiosamente lúdico.

Vender ilusión a personas desorientadas

Todo muy lleno de colores, sonidos, velocidad para brindar una ilusión de solución a personas deprimidas, ansiosas, aburridas, solas, desorientadas, con imposibilidad de comunicarse.

Toda época tiene sus enfermedades emblemáticas y, en este punto, el siglo XXI comenzó a llenar los consultorios de afecciones como depresión, trastornos de ansiedad, adicciones con sustancias (alcoholismo, tabaquismo, cocaína, marihuana, pastillas) y adicciones comportamentales (ludopatía, compras compulsivas, internet, dispositivos tecnológicos).

La adicción a la internet es considerada una afección del siglo XXI.

Sin olvidar los trastornos de déficit de atención con hiperactividad, bipolaridad, ataques de pánico, trastornos de la alimentación, compulsiones, insomnio, abulia. Algunas de estas afecciones existieron siempre, pero no con la masividad actual.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han asegura que en este siglo la sociedad del rendimiento reemplazó a la sociedad disciplinaria. La primera estaba regida por la negatividad encarnada en la prohibición, el “no se puede”, “no se debe”, y era habitada por ‘sujetos de obediencia’.

La sociedad del rendimiento, en cambio, está regida por la positividad del “se puede” sin límites, donde los proyectos, las iniciativas y la motivación reemplazan la prohibición, el mandato y la ley.

Somos ‘sujetos de rendimiento’, dueños y soberanos de nosotros mismos, abandonados a la libre obligación de maximizar el rendimiento. La supresión de un dominio externo no conduce hacia la libertad, más bien hace que libertad y coacción coincidan en una sola figura: el propio sujeto.

El contexto y sus mandamientos se hacen texto en la salud y la enfermedad de la población: “Sólo hazlo”, “Si querés, podés”, “Nada es imposible” rezan famosos slogans publicitarios. Esta libertad paradójica provoca afecciones psíquicas actuales que pasan en muchísimas ocasiones al cuerpo y desenmascaran el sometimiento que mucha gente padece sin poder cuestionarse a sí misma respecto al deseo propio.

El juego como vía de escape

Sabemos, de todos modos, que el afuera que nos configura culturalmente debe articularse con la historia de ese sujeto para que irrumpa en él una patología. Por ejemplo: no es suficiente la persistente invitación al juego si no se encuentra con alguien en un estado de vulnerabilidad que responda y arme una patologización del juego, o sea, una ludopatía.

Cuando el juego se vuelve adicción estamos hablando de ludopatía.

Los avances científicos y la tecnología cambiaron nuestro acontecer cotidiano, facilitando lo que en otros tiempos estaba entre lo difícil y lo imposible, pero con el coletazo de hacernos creyentes en el ‘no fin’. Nada termina, todo tiene una continuidad, la infinitud es posible.

Sino, pensemos en las redes sociales, en los dispositivos tecnológicos, la multiplicidad de pantallas que, cual espejos, configuran nuestra identidad. Cuando yo era chica la televisión tenía 5 canales, y la programación terminaba a las diez de la noche, con lo cual estaba obligada a ir a dormir, o leer, o fantasear.

Sólo los vacíos promueven esto y, sin caer en la fatalidad de creer que todo tiempo pasado fue mejor, sí es vital volver a poner algunas palabras en un lugar importante. Palabras que procuren lo genuino de cada uno de nosotros porque todo no se puede, las cosas a veces no salen como querríamos, y no es nuestra culpa.

Inmediatez y adrenalina

Las pantallas multiplicadas y el consumo indiscriminado son la nueva picadora de carne de ‘The Wall’ de Pink Floyd. La inmediatez y los shocks de adrenalina en nuestras cabezas y cuerpos se convierten en un golpe a la construcción de la paciencia.

Un paso de la tolerancia a la frustración. Un cachetazo a lo incierto y la necesidad de fantasear y, sobre todo, empujan a que el aburrimiento y la ansiedad sobrepasen umbrales tolerables y enfermen al sujeto, por ejemplo, de adicciones.

Es importante remarcar que estas patologías, a causa de su complejidad, de la negación sostenida por los mismos padecientes (ausencia de consciencia de enfermedad), por las graves consecuencias, etcétera, no se tratan de un modo ortodoxo.

Son afecciones que requieren de profesionales de la salud creativos, persistentes, que trabajen en equipo, que no les cierren las puertas a los familiares del paciente sino más bien las abran. Cuando algo de la palabra está imposibilitado, roto, el entorno es fundamental para lograr algo del orden de la salud.

Estamos hablando de personas a las que les sucede, en mayor o menor medida, algo de lo que describe Javier Calamaro en su canción ‘Quitapenas’: “Ya me está pegando la ansiedad, me voy a seguir metiendo quitapenas para olvidar… Quiero arrancarme este dolor, necesito un quitapenas, para sacarme esta condena. ¿No ves que estoy todo roto esperando que me vengas a arreglar?”


La Lic.
Débora Blanca es psicóloga, psicoanalista. Especializada en Ludopatía. M.N. 23548. Directora de “Lazos en juego“.

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