El Juez

Tensión. Una criatura como botín de guerra en una disputa familiar que no es tal. Abismo y renacimiento.

El llanto de un niño.

El llanto de un niño.

Por Valentina Ryng

Un hombre y una mujer. En sus caras ya no había rastro de rasgos humanos. Los ojos, fuera de sus órbitas, se derretían en una espuma humeante, dejando atrás las cavidades oscuras y vacías.

Los labios habían sufrido una sequía desértica y se movían al compás de los chillidos inquisitivos que salían de sus bocas. De ellas también chorreaba un líquido espeso y amarillento, similar al vómito, que burbujeaba como agua hirviendo al proferir aquellos sonidos. Se escuchaban con un tono de pregunta, de querer saber algo, aunque para mí eran tan solo unos aullidos ininteligibles.

Escondían, tras todo ese morbo antinatural, grandes ansias por descubrir algo que solo yo sabía. Pero en ese entonces era imposible tener una idea de todo aquello. La mujer salió de la habitación, arrastrando los harapos que llevaba puestos, y nos dejó a solas al hombre y a mí.

El hombre, al ver que la mujer se había retirado, me agarró por los hombros y me sacudió hasta el alma, vociferando y escupiendo ese líquido asqueroso por todo mi cuerpo de siete años. Lo único que pude entender fueron insultos, dolorosos insultos hacia la mujer.

Me apretaba tan fuerte que sus uñas se clavaron profundamente en mi piel y sentía cómo la sangre se deslizaba bajo las mangas de mi camisa. Comencé a llorar. El hombre me sacudió aún más violentamente, hasta que sus brazos esqueléticos se dieron por vencidos. Su respiración era más audible que mis sollozos desconsolados.

El dolor estaba presente en mis hombros, mi cabeza y lo más profundo de mi ser. La puerta se abrió y la mujer entró súbitamente. Al ver mis lágrimas, vino corriendo a mis brazos, pero yo la aparté de un empujón, seguido por más insultos provenientes del hombre. La mujer volvió a tratar de acercarse, hablando lo más delicadamente posible, pero nuevamente respondí con agresión.

Me miró unos segundos (adivino que me estaba mirando, si eso era dirigir esos agujeros negros enormes hacia mí) y empezó a temblar cada vez más, hasta casi convulsionar. Sus manos huesudas arañaron su cara desesperadamente, arrancándose la piel, a la vez que emitía un grito ensordecedor.

El hombre, contagiado por la locura de la mujer, clavó sus uñas ensangrentadas por todo su cuerpo, derramando aún más sangre. No pude soportarlo más. Los gritos se arremolinaban en mi cabeza, el dolor se apoderaba de mi cuerpo, la insania crecía y crecía sin cesar.

Fue entonces cuando eché a correr fuera de la habitación y subí las escaleras a toda prisa. Ambos corrían detrás de mí, gimiendo, atolondrados, decididos a atraparme y hacer qué (¿qué?) conmigo. Me encerré en uno de los cuartos, pero la mujer metió los dedos en el marco de la puerta. Empujé con todo lo que mi cuerpecito era capaz de empujar, pero un niño no era rival para dos adultos.

Caí al suelo con la visión borrosa, las piernas temblorosas y la voz quebrada. Los dos se abalanzaron hacia mí, aturdiendo mis oídos, mis sentidos, sintiéndome cada vez más lejos, y más, y más, y más…

— ¿Y? —dijo una voz grave—. ¿Nos va a contestar o no?

—Dele tiempo—dijo una voz femenina.

—No tenemos todo el día—dijo otra voz.

Y cuando abrí los ojos, allí estaba el juez.

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